Pizzaballa anima a la Iglesia de Tierra Santa a «ofrecer una presencia fiel»

Pizzaballa anima a la Iglesia de Tierra Santa a no «pretender soluciones inmediatas, sino ofrecer una presencia fiel»

En la celebración de Jueves Santo en el Santo Sepulcro, el patriarca ha admitido que «quizás no podamos cambiar las grandes dinámicas de la historia, pero podemos decidir si tener parte con Cristo» a su modo: «No en contra, sino al lado»

María Martínez López
Foto: Christian Media Center.

«Afuera, las puertas del Santo Sepulcro están cerradas». Con estas palabra, ha comenzado el cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, su homilía durante la Misa en la Cena del Señor en el Santo Sepulcro. «La guerra ha convertido este lugar en un refugio, un interior separado de un exterior cargado de tensión», ha descrito, aludiendo a las restricciones que, debido a la guerra, han obligado a que la celebración fuera a puerta cerrada. «Estamos aquí como en un seno de paz, mientras alrededor el mundo se desgarra, y nos gustaría poder cambiar todo esto».

En Tierra Santa, ha subrayado Pizzaballa, «no somos una Iglesia fuerte, no somos una Iglesia numerosa, no somos una Iglesia que pueda permitirse elegir tiempos fáciles, y lo vemos continuamente. A menudo somos una Iglesia cansada, puesta a prueba, a veces tentada a defenderse más que a entregarse».

En cambio, ha proseguido el patriarca, «hoy el Señor no nos pide ser poderosos, sino tener parte con Él. No nos pide que lo resolvamos todo, sino que no rechacemos su forma de amar. Porque una Iglesia tiene parte con Cristo no cuando está a salvo, sino cuando acepta compartir su humillación».

Tener parte con Él, para la Iglesia en Tierra Santa, «significa aprender el lenguaje de la humildad». Ello implica «humillarnos ante los miedos, ante las incomprensiones, ante las fatigas cotidianas de quien corre el riesgo de perder la esperanza». Todo esto, «sin pretender tener soluciones inmediatas, sino ofreciendo una presencia fiel. Quizás no podamos cambiar las grandes dinámicas de la historia, pero podemos decidir si tener parte con Cristo en su modo de estar dentro de la historia: no por encima, no en contra, sino al lado».

¿A qué nuevo éxodo estamos llamados?

Al reflexionar sobre las lecturas de la liturgia, el patriarca latino de Jerusalén ha explicado que ceñirse la cintura, como Jesús para el lavatorio de pies o el pueblo judío para la Pascua, «es el gesto de quien se prepara para partir», de «quien está a punto de abandonar la tierra de la esclavitud para entrar en la libertad». Sin embargo, Jesús «no se ciñe para irse. Se ciñe para postrarse» y servir.

Así, «el éxodo, en la lógica de Dios, no es una huida del mundo, sino una inmersión total en él. Ceñirse la cintura ya no es señal de quien huye de la esclavitud, sino de quien se hace esclavo por amor». Con todo, Pizzaballa ha apuntado que el lavatorio «no es un gesto moral, un ejemplo edificante, una escena tierna». Es «el modo en que Dios se manifiesta en la historia. Es el modo en que el amor elige entrar en el mundo».

Precisamente aquí «emerge nuestra resistencia, encarnada por Pedro». Su rechazo «no es solo pudor. Es rechazo. Es el escándalo de un amor que se humilla demasiado». El «no tendrás parte conmigo» con el que le responde Jesús «no indica un rol, sino una comunión». Implica que «no participarás en mi Pascua». Porque «la Pascua no es algo que Jesús hace por nosotros sin nosotros. Es algo que podemos vivir solo con Él».

Del mismo modo que Pedro, también nosotros «con demasiada frecuencia anhelamos un Dios que nos eleve sin sumirnos en la crisis, que nos dé dignidad sin ignorar nuestra fragilidad». Lo que se nos pide es «más difícil: dejarnos amar profundamente. Dejar que Cristo se incline justo allí donde nosotros nos avergonzamos».

¿Qué tiene que ver la Eucaristía?

Desde esta perspectiva «comprendemos también la Eucaristía». El «entregado por vosotros» significa «un cuerpo entregado, un cuerpo donado, un cuerpo que no se guarda nada». Así, «la Eucaristía no es separable del lavatorio de los pies», porque «son dos expresiones del mismo amor». Ante este amor, «hay que decidir si queremos tener parte con Él. Y tener parte con Él significa aceptar que nuestra vida sea involucrada en su mismo movimiento».

En esta línea Pizzaballa ha invitado a preguntarse: «¿Queremos tener parte con Él? No en abstracto, sino concretamente. ¿Queremos entrar en un amor que se humilla? ¿Queremos una salvación que pasa por el servicio? ¿Queremos un Dios que no domina, sino que se inclina?».

Si la respuesta es afirmativa, «también para nosotros comienza un éxodo. No un éxodo que nos aleja de la realidad, sino un éxodo que nos lleva dentro de la realidad con una nueva mirada. Un paso de la defensa al don, del miedo a la confianza, del orgullo a la comunión».