Se repite que los jóvenes se han alejado de la fe y tengo el convencimiento de que la afirmación no es cierta. Los jóvenes no viven sin religión, sino atrapados entre falsas religiones. No adoran menos, adoran peor.
Adoran la identidad convertida en dogma. Adoran la visibilidad, convertida en salvación. Adoran la emoción, convertida en criterio moral. Adoran el algoritmo, convertido en director espiritual. Adoran la tribu, convertida en verdad. Y, como toda idolatría, promete plenitud y entrega desgaste, ansiedad y una novedosa servidumbre.
Por eso la crisis juvenil no es una crisis de normas. Ni siquiera es una de fe en el sentido convencional. Es una crisis de significado. Se les ha enseñado a optimizarse, no a comprenderse. Se los ha empujado a exhibirse, no a conocerse. Creen tener que opinar sobre todo, pero no los han preparado para pensar casi nada. Les inculcan desear sin límite, pero no distinguir entre deseo y bien. Después nos extraña que aparezcan agotados o hambrientos de algo que ni saben nombrar.
La sorpresa no está en que algunos jóvenes se acerquen a la fe. Lo sorprendente es que no lo hagan muchos más. Porque, cuando todas las promesas de autonomía desembocan en cansancio, la trascendencia deja de parecer un residuo del pasado y parece una necesidad humana elemental. No porque el joven quiera que le preceptúen, sino porque empieza a sospechar que vivir sin verdad, sin vínculo y sin destino lo empequeñece.
Aquí el cristianismo tiene una fuerza que el lenguaje dominante no sabe combatir. Frente a la tiranía de la autoedición permanente dice que no tienes que fabricarte desde cero para merecer un amor incondicional. Ante el mandato de rendimiento expresa que la dignidad no cotiza en el mercado del éxito. Respecto a la cultura del descarte apunta que nadie sobra. En cuanto al narcisismo sentimental, afirma algo más liberador: no eres el centro del mundo, pero eres amado sin límite alguno.
Revolucionario.
Tal vez el gran error de muchos adultos católicos haya sido presentar la fe como una moral de mantenimiento o una colección de prohibiciones. Y no. La fe cristiana no viene a decorar la vida. Está para disputársela a todos los ídolos que la devoran. No le ofrece al joven un barniz espiritual para sobrellevar la semana. Le propone una antropología completa, una batalla interior y una promesa de sentido que no depende del aplauso ni del estado de ánimo.
La pregunta no es si los jóvenes tienen hambre de trascendencia. La tienen. La cuestión es si los que formamos parte de la Iglesia seremos capaces sin mayor dilación de ofrecer pan verdadero. No una versión piadosa, pero pálida y domesticada de la misma intemperie que hay fuera.