Mónica Santamarina (UMOFC): «Las mujeres de fe estamos llamadas a construir la paz cada día, en cada espacio de la vida»
Con motivo del Día Internacional de la Mujer, la UMOFC promovió un encuentro interreligioso sobre el papel de las mujeres creyentes en la construcción de la paz. Su presidenta general reflexiona sobre el liderazgo femenino y el diálogo entre religiones en un mundo marcado por los conflictos
La Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), una red internacional que reúne a millones de mujeres de todo el mundo y trabaja por su participación en la Iglesia y en la sociedad, celebró el Día Internacional de la Mujer con un encuentro interreligioso titulado Mujeres de fe: portadoras de paz y esperanza.
En él participaron líderes de distintas tradiciones religiosas para reflexionar sobre el papel de las creyentes en la construcción de la paz en un mundo marcado por los conflictos. En esta entrevista, su presidenta general, Mónica Santamarina, explica por qué el liderazgo femenino y el diálogo entre religiones pueden convertirse en un motor de reconciliación, esperanza y cultura del encuentro.
—Este año la UMOFC ha celebrado el Día Internacional de la Mujer con un encuentro interreligioso titulado Mujeres de fe: portadoras de paz y esperanza. ¿Por qué era importante poner el foco precisamente en la paz en el contexto actual?
—Precisamente en estos momentos tan difíciles, donde los conflictos y la violencia en el mundo se recrudecen y extienden cada vez más, es cuando más debemos levantar la voz a a favor de las miles de víctimas inocentes; levantarla para pedir que cesen las hostilidades y para hacer saber al mundo que las mujeres de fe estamos convencidas de que la paz es posible pero que la misma debe construirse, tal como lo pide el Santo Padre, «no con amenazas ni con armas que siembran destrucción dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable».
—En el encuentro participaron mujeres líderes de tradiciones islámica, budista, hindú, judía, ecuménica y católica. ¿Qué ha descubierto usted del liderazgo femenino cuando se pone al servicio del diálogo entre religiones?
—El liderazgo femenino es un liderazgo arraigado profundamente en la fe de cada una, pero a la vez abierto, dispuesto a escuchar atentamente y a respetar las diferencias para construir todas juntas un mundo mejor. Es un liderazgo resiliente, persistente, empático y firme que busca priorizar todo aquello que nos une, que es mucho más de lo que nos separa.
—Usted afirmó que la paz es «una misión concreta» para las mujeres de fe. En la práctica, ¿cómo se traduce esa misión en la vida cotidiana de tantas mujeres cristianas en el mundo?
—En la práctica, las mujeres cristianas estamos construyendo la paz todos los días y todo el día: levantando puentes en la familia, en el trabajo, en la Iglesia y en la sociedad (entre hijos, hermanos, padres, parejas, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, integrantes de la parroquia…); perdonando; escuchando; favoreciendo el diálogo y evitando la confrontación en los diferentes ambientes en los que nos movemos; ayudando a los más necesitados; cuidando del planeta; defendiendo la vida y la dignidad de todas las personas; protegiendo especialmente a los más vulnerables; rechazando la discriminación y trabajando por el respeto a la libertad religiosa y una cultura del encuentro, en otras palabras, educando para la paz, especialmente con nuestro testimonio.

—Con frecuencia, en los conflictos las mujeres y los niños son quienes sufren con mayor intensidad sus consecuencias. ¿Qué papel pueden desempeñar las mujeres creyentes para sanar heridas y reconstruir comunidades?
—Primero que nada ser solidarias con las víctimas, apoyándolas en sus necesidades básicas, escucharlas, promover la reconciliación y el perdón, presentar y colaborar en iniciativas concretas de reconstrucción y formarse para ejercer un liderazgo que les permita participar activamente en las mesas de negociación e instancias públicas en donde se toman las decisiones para impulsar acuerdos a favor de la paz y la reconstrucción.
—En un mundo cada vez más polarizado, donde la religión a veces se percibe como fuente de conflicto, ¿qué aporta el diálogo interreligioso liderado por mujeres?
—Primero que nada aporta el testimonio de que todas las religiones, en el fondo, hablan de conexión. Cualquiera que sea la tradición religiosa, cuando se vive auténticamente, promueve las relaciones y ayuda a las sociedades a florecer. Nos enseña que aquello que nos une es mucho más poderoso e importante que lo que nos separa. Nos muestra que la paz es posible y que siempre podemos encontrar caminos para alcanzarla. Que toda la familia humana compartimos el mismo deseo y la misma misión de mantener viva la esperanza, el diálogo y el amor en el mundo.
—Durante el encuentro se recordó que «donde la política ve un enemigo, la fe ve un vecino». ¿Cómo pueden las comunidades religiosas ayudar a cambiar esa lógica de confrontación?
—Cuando ponemos en el centro a la persona humana, su dignidad y su naturaleza relacional y comunitaria, nos percatamos de que todos somos hermanos, miembros de la misma familia humana y de que lo que beneficia a unos, nos beneficia a todos. Que, aun cuando tengamos diferentes formas de ver al mundo, todos aspiramos y necesitamos la paz y el entendimiento para convivir sanamente en el pedazo de planeta en el que somos vecinos.
—La UMOFC lleva más de un siglo trabajando por la participación de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad. ¿Qué avances considera más significativos en estos últimos años?
—Sin duda, los avances más significativos han sido la posibilidad de la mujer de prepararse para ejercer prácticamente cualquier profesión y su ingreso exitoso al mundo del trabajo, la educación, la ciencia, la cultura y la política. En la Iglesia, la sinodalidad, cuando se vive, aunada a una mayor formación y capacitación, han permitido a las mujeres participar más plena y corresponsablemente con los demás miembros del pueblo de Dios, desarrollando al máximo su potencial y sus carismas.
—Al mismo tiempo, muchas mujeres sienten que aún queda camino por recorrer en la Iglesia. Desde su experiencia internacional, ¿cuáles son hoy los principales desafíos para una mayor corresponsabilidad femenina?
—En la Iglesia, el Sínodo de la Sinodalidad y el empuje que dio el Papa Francisco a las mujeres, lograron una mayor participación plena y corresponsable de las mujeres, incluso en puestos de decisión a los distintos niveles. Sin embargo, aun queda mucho camino por recorrer. En diversas regiones del mundo el clericalismo no ha sido superado; el Documento Final del Sínodo y las Pistas para la fase de implementación 2025-2028 aun no han sido puestas en práctica y la formación y el liderazgo que requieren las mujeres para su plena participación en la Iglesia aún deben ser fortalecidos. Tristemente en algunos lugares incluso parece estarse viviendo una regresión… Pero estoy segura de que, bajo el impulso del Espíritu Santo, el liderazgo, la capacitación, la entrega, el amor a la Iglesia y la resiliencia de las mujeres lograrán ponerlas en posiciones donde puedan aportar plena y corresponsablemente todos sus carismas y potencialidades al servicio de la misión, junto con el resto del Pueblo de Dios.