«He tratado a muchos cientos de pacientes —advertía Carl Gustav Jung—, y no he visto ni uno, mayor de 30 años, cuyo problema, al final, no fuese encontrar una perspectiva espiritual de la vida».
Ciertamente, hay muchas personas que experimentan en la mitad de su vida un cambio de rumbo, un acontecimiento que las saca de sí (de su aparente bienestar y autosuficiencia), que las abre a lo desconocido y que, bien guiado, puede desembocar en una etapa de plenitud. Se trata de una experiencia humana crucial, tan decisiva como dolorosa, y que ha sido designada como demonio meridiano (Sal 91, 6), crisis de los 40 (C. G. Jung, A. Grün), segunda conversión (L. Lallemant, A. Gromolard), segunda llamada (R. Voillaume), segundo viaje (B. Puzon, G. O’Collins).
Comparando la existencia humana con el recorrido del sol, podemos hablar de tres etapas: el oriente, el mediodía y el poniente. La Biblia y la tradición espiritual, con el ejemplo paradigmático de Moisés, hablan también de tres etapas, tres estados y tres vías. De esas tres etapas, la sociedad actual solo parece haber previsto la primera y la tercera, pero no sabe qué hacer con la segunda, cuya inquietud interior suele calificarse de cansancio o depresión y para la que no tiene más recursos que vacaciones, balnearios, gimnasia, vegetarianismo o cosas por el estilo. Asimismo, se ha escrito mucha espiritualidad para la primera etapa (para principiantes, que piensan que la vida espiritual, después de los períodos iniciales de formación, es una larga meseta en la que hay que mantenerse firmes) y muy poca para la segunda, donde somos llamados a transitar extraños caminos y a sentir el dolor de volver a nacer.
Como se trata de una experiencia crucial que afecta a todos, conviene verla en algunos casos concretos (Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, John Henry Newman, Teresa de Calcuta, Dorothe Sölle), porque cuando leemos o escuchamos las experiencias de otros, casi siempre terminamos reconociendo algo de la nuestra. Se podría objetar que esos nombres son excepcionales, que aunque lleguemos a reconocer algo de lo vivido por ellos, no pertenecemos a tan ilustre compañía. Es cierto que ninguna experiencia es idéntica a otra, que cada una lleva una impronta personal; pero todas tienen un aire de familia, una serie de rasgos comunes en los que cualquiera puede reconocer la suya.
La de la mitad de la vida, como toda experiencia, sobreviene sin previo aviso, golpea como un rayo y destruye de pronto los anteriores parámetros de la existencia. El sujeto se siente vulnerable, confuso y perdido. Todo su mundo anterior se resquebraja. Sus roles y obligaciones de antes comienzan a parecerle absurdos. Cesa de definirse en función de su pasado: matrimonio, profesión, sacerdocio o compromiso religioso. La irrupción de esa experiencia desata una fuerte turbulencia emocional: ira, resentimiento, desencanto, fijación obsesiva en torno a un fracaso o fallo personal, un conflicto no resuelto del pasado, incierta amenaza del futuro, sentimientos sexuales y un deseo de afecto que puede ser abrumador. Dante Alighieri resumía toda esa variedad con la imagen de terror que sobreviene al que se pierde en una «selva oscura».
Es una situación de profunda soledad, que pone al descubierto el vacío de una vida superficial, da ganas de huir (el recurso al divertimiento) y agudiza la sensación de ir a la deriva. De ahí lo importante que puede ser la presencia de un acompañante, un amigo, un terapeuta, un guía espiritual para caminar a un destino auténtico.
Recomendaciones
El término de esa experiencia puede perfilarse únicamente después de una larga y paciente travesía, que puede durar cinco o diez años. ¿Qué pautas o consejos se podrían recomendar a quienes están viviendo semejante situación?
En primer lugar, aceptación. Como decía san Ignacio, «en tiempo de desolación no hacer mudanza, y piense que será presto consolado». Esto es, saber esperar ante una misteriosa presencia que nos ha visitado para ser rehechos.
En segundo lugar, discernimiento, pues existe el peligro de equivocarse, de tomar una decisión drástica de romper con todo o de retroceder a una vida desperdiciada, una regresión a la inmadurez en vez de un progreso a una vida más auténtica.
Y en tercer lugar, oración, cuya eficacia en tales momentos radica en el doble hecho de que, gracias a ella, tomamos conciencia de la situación de indigencia y de impotencia en que nos vemos sumidos; y gracias a ella, en lugar de rebelarnos inútilmente, expresamos nuestra aceptación y pedimos la ayuda indispensable para superarla.
El autor impartió un curso sobre este tema en la Escuela de Crecimiento Espiritual de la Universidad de la Mística.