Este sacerdote cubano no quería ir a una iglesia en ruinas, pero «era un diamante empolvado»
José Luis Sánchez, sacerdote diocesano en Cuba, se decía al pasar por delante de la iglesia: «Pobre del cura del Bejucal». Hoy es él mismo y «descubrí que era un tesoro»
José Luis Sánchez es sacerdote diocesano en Cuba. Mientras estudiaba en el seminario de La Habana, «mi mamá y su esposo tomaron la decisión de irse del país», cuenta en una entrevista con Mater Mundi TV. En aquel momento, sus padres querían llevárselo con ellos y le decían «aún no eres cura, vámonos y, si Dios te llama, continúas en cualquier lugar», pero él vio muy claro que quería quedarse en su país a pesar de «que soy hijo único y siempre he estado muy apegado a mi madre».
Según este sacerdote, «la decisión de entrar en el seminario fue tan difícil como la decisión de permanecer en mi país y saber que se rompía algo bien fuerte entre nosotros, el hogar». Aunque «ya sabía que se iba a destruir», no porque la convivencia fuera mala, sino por su experiencia de que «en Cuba las familia se dividen por la lamentable situación que se vive y en todas partes del mundo encuentras un cubano».

«El momento fue bien difícil», cuenta Sánchez, «pero la mano de Cristo me dio la fuerza para decidir». Él sentía cómo «el Señor me llama a estar en lugar concretó» y, tanto fue así, que en su primera Navidad como seminarista, mientras otros estudiantes se reunían con sus familias, «yo regresé a mi casa y no fui a ningún sitio al que me invitaran, cené y comí solo y fui a la Misa del Gallo solo».
«El Señor me sostuvo y la Iglesia me acompañó, ella es mi familia, mi casa y mi madre. Y poco a poco uno va aprendiendo a convivir con la ausencia de los seres queridos aunque se les extraña muchísimo», confiesa José Luis Sánchez, pues «siempre se tiene el deseo de estar y compartir con ellos». Pero, como él insiste, «donde está tu tesoro tienes que permanecer».
«Tenemos seguridad de que estás cerca de Dios»
La familia de este sacerdote marchó a Uruguay y, tras no encontrar allí lo que buscaba, de allí a Estados Unidos porque «el cubano siempre tiene ese sueño americano». Hicieron la ruta a pie, atravesando la frontera de 18 países e incluso la selva del Darién, donde cada año mueren más de 50 personas buscando mejor suerte. «Lo único que tienes que hacer es rezar», le decía su madre, «porque tenemos la seguridad de que estás cerca de Dios» y «confiaban en el poder de la oración». Y con un rosario proveniente de Fátima que un seminarista amigo le regaló tras la JMJ de Lisboa, «hizo toda la travesía».

Tras ser enviado allí como diácono y ser ordenado sacerdote tan solo unos pocos meses después con las dispensas correspondientes, ahora José Luis Sánchez es párroco de Apóstoles Felipe y Santiago del Bejucal, una iglesia precaria a las afueras de la provincia de Mayabeque. «Cuando era seminarista, era un sitio al que no quería ir nunca porque estaba en peligro de derrumbe, casi destruida y apuntalada. Cuando pasaba por delante pensaba: “Pobre del cura del Bejucal”». Y sin embargo, hoy es él.
«Esa parroquia era un diamante empolvado»
El templo se encontraba «en una situación bien crítica y bien fea, pero siempre me dije: “Señor, tú me has enviado aquí por algo y en tus manos estoy”». No obstante, «cuando comencé a conocer la comunidad descubrí que era un tesoro». «Esa parroquia era un diamante empolvado, solo había que limpiarlo», sentencia.
Hoy allí, aparte de celebrar Misa, «en la casa parroquial damos almuerzo a 60 personas de lunes a viernes». «Yo creo que este año no hemos dejado de cocinar ni un día a pesar de la escasez». Ni siquiera cuando un ciclón afectó a la zona, pues entonces doblaron las raciones para que tuvieran reservas en sus casas. «Allí descubrí la generosidad de tantas personas dan, no lo que les sobra, pues en Cuba a nadie le sobra, sino lo poco que tienen para compartirlo con los que no tienen nada».