Uno de los grandes defectos, también podríamos decir pecados, es el hecho de tener una lengua muy larga, sibilina, lista para herir en todo momento y circunstancia. Ante cualquier pecado, la urgencia de la conversión es algo a lo que todos aquellos que profesamos la fe cristiana estamos llamados, inclusive obligados.
Cuidar la lengua
A eso nos estimula el Papa León XIV en su primer mensaje de Cuaresma: «Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». Sigue así una idea muy presente en el pensamiento de su predecesor. En una de sus primeras Misas en la capilla de la Casa Santa Marta, el 13 de junio de 2013, Francisco advertía sobre la necesidad de «cuidar un poquito más la lengua con lo que decimos de los demás». Para el Papa argentino, esta era «una pequeña penitencia, pero da buenos frutos».
Las palabras hirientes forman parte de la historia de la humanidad, pero muchos coincidimos en que en los últimos tiempos esa dinámica ha ido aumentando exponencialmente. Se ha generado así una polarización que se incrementa cada día y demanda una reflexión en vista de una necesaria mejora en la convivencia.
Desarmar el lenguaje
León XIV hace una propuesta: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias». Tal afirmación a muchos nos traslada al mundo virtual, sobre todo a las redes sociales, donde esas palabras hirientes y juicios inmediatos se convierten en muchos casos en una constante.
Hay que tener estómago para leer ciertos comentarios en las redes sociales. Gente que se esconde bajo el supuesto anonimato de los perfiles falsos y que no duda calumniar a todo hijo de vecino, sea quien sea. Del mismo modo quienes para exponer su verdad, de la que se sienten dueños, insultan a quienes no piensan como ellos. Lo más preocupante, algo que podemos decir es inadmisible, es cuando esos comentarios se vierten en páginas o parten de personas que se dicen cristianas.
Medir las palabras
El mensaje de Cuaresma para este 2026 nos pide que nos esforcemos «por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas». Sabemos que no es fácil y que a veces nos resulta difícil contenernos. Por eso, este esfuerzo al que nos llama el Santo Padre tiene que ser una autoexigencia por parte de cada uno de nosotros.
La meta es más que interesante: «Muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz». La cuestión es si estamos dispuestos a hacer lo posible para que ese paso se haga realidad. El desafío es entender que depende de mí y que actuando así podemos llevar a los otros a entender que ese es el camino.