El laicado madrileño pide «sacerdotes impulsores de una Iglesia corresponsable y sinodal» - Alfa y Omega

Que en una asamblea presbiteral se escuche la voz del laicado es un buen ejercicio para seguir caminando juntos, para ser una Iglesia sinodal. Las palabras de Susana Arregui García, en nombre del Secretariado de Apostolado Seglar, en CONVIVIUM, nos ayudan a entender una dinámica necesaria en la vida de la Iglesia: juntos somos más.

Escuchar al laicado

CONVIVIUM ha sido un proceso en el que protagonismo sacerdotal no ha negado la necesidad de escuchar a todo el pueblo de Dios, del que los presbíteros somos parte. Cuando se escucha al laicado eso provoca un sentimiento de gratitud. Arregui hablaba en nombre de «un laicado responsable que ama a la Iglesia y que se siente corresponsable de su misión».

El laicado reconoce «el don que supone el sacerdocio para la Iglesia», agradece a los presbíteros «por su entrega, su cercanía y su fidelidad vocacional» y los sienten «como referentes espirituales y pastores que acompañan la vida concreta de las personas y de las comunidades». De ahí la propuesta que hacen para el clero madrileño: «pastores cercanos, centrados en Cristo y en lo esencial, con especial cuidado en la celebración de los sacramentos».

Junto con ello, y este puede ser considerado un elemento fundamental e irrenunciable en el actual tiempo eclesial, dada la postura del papa León XIV, siguiendo la propuesta de su antecesor, el papa Francisco, «sacerdotes impulsores de una Iglesia corresponsable y sinodal con capacidad de delegar y compartir decisiones y que confíen en los laicos y en sus carismas, desde una autoridad entendida como servicio y no como poder».

Actitudes del sacerdote

Corresponsabilidad, delegar, compartir decisiones, confianza, servir. Estas actitudes deben ser asumidas por los sacerdotes de Madrid para mejor poder llevar a cabo la labor pastoral y evangelizadora que la Iglesia nos ha confiado. No olvidemos que del Secretariado de Apostolado Seglar forman parte la práctica totalidad de los carismas presentes en la Iglesia de Madrid. Eso pone de manifiesto la urgencia de escuchar sus propuestas y discernir el modo para que se concreten.

Un sacerdote solo, aislado de su comunidad y de la Iglesia diocesana, se ve abocado al «cansancio, desgaste y riesgo de desánimo», afirman desde el Apostolado Seglar. De ahí se deriva una afirmación que puede ser considerada como una constatación: «la misión no puede sostenerse en solitario, sino que necesita comunidades corresponsables que acompañen, cuiden y compartan las tareas pastorales». Por ello piden que «reconozcan la importancia de los Consejos Pastorales y Económicos como espacios reales de discernimiento». Lo contrario muestra un pecado que debe ser desterrado de la Iglesia: el clericalismo.

Para avanzar en ese camino «la formación aparece como un elemento imprescindible, tanto para los laicos como para los sacerdotes, que ayude a tomar conciencia de lo que significa caminar juntos y a vivir de manera madura y evangélica la corresponsabilidad, con los ojos puestos en Jesucristo», resaltaba Arregui.

Son palabras que «no son una queja, sino una expresión de amor a la Iglesia y de deseo sincero de cuidarla». Es una propuesta, a mi juicio más que razonable y necesaria, para que nuestras comunidades puedan crecer «en fraternidad, en esperanza y en fecundidad misionera». Palabras ante las que como ministros ordenados solo podemos decir gracias, pues con ellas se busca el bien de la Iglesia.