La otra noche Susana me dijo algo insólito. Pero antes de revelaros lo que me dijo, os contaré brevemente cómo encontré a Susana. O cómo Susana me encontró. O cómo la vida se las apañó para que Susana y yo nos encontrásemos.
Sucedió en un pub alternativo de Granada llamado Ruido Rosa, hace algunas noches. Se celebraba un cumpleaños al que me sumé de rebote. Había mucha gente borracha, había mucha gente drogada, la música sonaba a todo trapo. Y en mitad de aquel jaleo una chica llamó mi atención. Esa chica era Susana, claro.
Susana estaba mezclada con los demás, pero por alguna razón extraña permanecía aparte. Para que se me entienda, era como una frase subrayada con fluorescente entre otras frases de la misma página. Bailaba moviendo los brazos con los ojos cerrados y una sonrisa dibujada en los labios. Estaba en trance, en un país secreto al que nadie podía entrar salvo ella. La autenticidad de Susana me cautivó, quizá porque todavía me cuesta hacer las cosas sin sentir como una jaula la mirada ajena y envidio a los libres. Aquellos que viven como si nadie los observara. El caso que es que nos presentamos, intercambiamos el número y luego yo me fui y ella se quedó en el pub con su danza hipnótica.
Días después quedamos para un café. Susana es muy sensible, palidísima. Tiene la tez de los vampiros y las heroínas románticas y viste con ropa de segunda mano, siempre de negro. Ese día del encuentro, cuando salimos del bar, nos dirigimos a una tienda de manga y allí me contó que le encantan las palomitas de maíz con miel. Pero no de bolsa. A Susana le gusta hacerlas como las hacía mi abuela materna: en la olla. Porque disfruta más el proceso que el resultado. Le gusta ver cómo eclosionan y brincan como pulgas blancas. Le gusta el cuidado.
—El amor hay que sudarlo—, me dijo.
Luego, no sé por qué, le pregunté si quería incinerarse y ella me respondió entusiasmada, debajo de su paraguas:
—Ay, no, no; yo quiero gusanos, muchos gusanos.
No es solo lo que dijo, sino cómo lo dijo. Lo expresó con tanta ternura que me quedé conmovido. La dulzura con que abrazaba ese proceso espeluznante. Pensé en ese instante que Susana es alguien que verdaderamente ama la vida. La ama hasta el punto de no apartar ese momento de la muerte y la descomposición del organismo. Igual que ama el proceso de las palomitas, Susana no quiere eliminar el proceso de la putrefacción.
Aquella frase —«quiero gusanos»— era una declaración de amor en toda regla. Porque la muerte y la descomposición del cuerpo son parte de la vida, no su contrario.
La flor tiene prestigio, igual que la juventud, pero no la vejez ni la arruga ni el pétalo chamuscado ni la carne putrefacta. Es comprensible: el instinto de supervivencia se rebela contra su desaparición y aparta la vista, con náuseas, de su final. Y sin embargo, ¿por qué no celebrar el invierno igual que se celebra la primavera? ¿Por qué no celebrar también la hoja que se cae o la rama desnuda o no tirar a la basura la flor marchita sino dejarla que se pudra en el jarrón y adorarla?
Susana intuye la belleza de la muerte y quiere gusanos que horaden su piel exangüe, algo insólito en la sociedad tanatofóbica. Seguramente encuentre cierto regocijo en lo podrido porque es gótica y le flipan la oscuridad y el cementerio, por estética. Pero detrás de todo esto vi en ese instante que algo se me regalaba. Una frase que me decía: ama la vida en todas sus facetas, abrázala no solo cuando resplandece sino también cuando todo se queda a oscuras. Ama al muerto que vas a ser y que también es parte de tu biografía. Llegado el momento de la despedida, deja que la vida haga lo suyo con este cuerpo que eres y que todavía abraza y duele y es acariciado, esta mano con la que escribes esta columna que será pasto del olvido, como tú mismo. Como todos los que caminan al otro lado del cristal de la ventana. Ama la vida hasta la última gota. Hasta la última consecuencia.
Ama ese instante después del último instante.