El Santo Padre pide a las diócesis delegados de deporte - Alfa y Omega

El Santo Padre pide a las diócesis delegados de deporte

León XIV ha ido más allá de enviar un saludo a las olimpiadas de invierno y ha dedicado todo un documento papal al deporte. Afirma que es «una ocasión privilegiada para experimentar nuestra común humanidad», aunque denuncia sus excesos

Javier Martínez-Brocal
El Pontífice con los participantes en el Giro de Italia el 1 de junio en el Vaticano.
El Pontífice con los participantes en el Giro de Italia el 1 de junio en el Vaticano. Foto: CNS / Vatican Media.

Es habitual que los Papas envíen un saludo especial cuando se inauguran las olimpiadas. Pero León XIV ha deseado ir más allá y ha publicado una carta sobre el valor del deporte en la que analiza globalmente este fenómeno desde la perspectiva de la fe. Más que utilizar metáforas deportivas como hacía san Pablo, o elogiar el valor del ocio como hacía santo Tomás de Aquino, el Papa da un paso más y propone «liberar al deporte de lógicas reduccionistas que lo convierten en mero espectáculo o consumo», así como  practicarlo de un modo que ayude a ser más humanos y mejores cristianos. La carta se titula La vida en abundancia y pasará a la historia como el primer documento papal dedicado exclusivamente a este tema.

No se trata de una cuestión nueva para el Papa. En sus tiempos como formador en Trujillo (Perú), enseñaba a los jóvenes con vocación a los agustinos que «mens sana in corpore sano». Como cardenal, disfrutaba viendo en su comunidad partidos de tenis entre Sinner y Alcaraz. Ya como Papa ha recibido al Giro de Italia, se ha reunido con el Nápoles o el Como y en su residencia prepara una sala con aparatos de gimnasia. 

Quiso firmar la carta el mismo día que la llama olímpica prendió en los dos elegantes pebeteros de Milán y Cortina para inaugurar los Juegos Olímpicos de Invierno que se están celebrando en Italia. En ella aborda muchas cuestiones: además de mostrar la fuerza del juego en equipo y denunciar el dopaje y las trampas, recuerda que el deporte enseña a ganar y a perder en la vida, que todos jugamos en el mismo equipo, y que las mujeres tienen derecho a participar en las competiciones.

Lo hace, por ejemplo, evocando la emoción que se siente al ver el desfile de atletas con las banderas de sus países durante la inauguración de las olimpiadas, «una ocasión privilegiada para experimentar nuestra común humanidad en la riqueza de sus diversidades». «Experiencias como estas pueden inspirarnos y recordarnos que estamos llamados a formar una única familia humana», escribe. Y con pena, vuelve a solicitar a los países en guerra una tregua olímpica, como ha hecho sin éxito otras dos veces en las últimas semanas. 

En el texto, León XIV recuerda que cuando san Pablo escribe a los corintios alude a sus famosos juegos ístmicos y compara la vida cristiana con la carrera en los estadios o las privaciones de los atletas. También recoge ideas de san Bernardo de Claraval, Hugo de San Víctor, santo Tomás de Aquino, san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, san Juan Bosco, León XIII o Pío XII, quienes fueron tratando el deporte con progresiva simpatía. Él recoge el testigo de todos ellos y da un paso más. 

Con tono poético, lo presenta como «expresión universal de lo humano», «escuela de vida y de virtudes» y «fuente de alegría que favorece el desarrollo personal y las relaciones sociales». Por eso pide que sea «accesible para todos» y lamenta que en muchos lugares los niños deban pagar para poder practicarlo, excluyendo a familias sin recursos. También denuncia cómo «en otras sociedades no se permite practicar deportes a las jóvenes y a las mujeres»; o que «en la formación a la vida religiosa, especialmente femenina, persisten desconfianzas y temores hacia la actividad física y deportiva». Para él, el deporte «crea comunidad, educa al respeto de las reglas comunes y enseña que ningún resultado es fruto de un camino solitario»; y no quiere privar a nadie de esta riqueza. 

Pero tampoco idealiza el deporte. Por ejemplo, denuncia la «corrupción» cuando busca maximizar las ganancias perjudicando «la dignidad de las personas, el bien del atleta y su desarrollo integral», o «cuando los incentivos financieros se vuelven el único criterio» por el que se compite. Avisa de que en esos casos «puede suceder que individuos y equipos dobleguen sus resultados a la corrupción y a la intromisión de la industria de los juegos de azar» y hagan trampas para ganar dinero.

La carta es muy rica y contiene muchos elementos novedosos. Uno de los más originales es su petición a las diócesis de que se impliquen en este ámbito, pues en el deporte «se forman imaginarios, se plasman estilos de vida y se educa a las jóvenes generaciones». Por eso, solicita en concreto que se nombre «un responsable diocesano y se formen equipos pastorales» para ocuparse con «proximidad y continuidad» tanto del «fenómeno deportivo en su conjunto —con sus transformaciones culturales y económicas—, como de las personas concretas que lo conforman».

Para inspirarlos, pone como ejemplo al equipo de la Santa Sede, Athletica Vaticana, que intenta que el deporte «no sea espectáculo, sino proximidad; no selección, sino acompañamiento; no competición exasperada, sino camino compartido». «No nos tomamos sus palabras como una medalla, sino como un compromiso para relanzar, a pesar de todas nuestras limitaciones, las líneas que ha marcado», asegura Giampaolo Mattei, director de este equipo de atletas.