El proceso de Tokio. La justicia entre el humo - Alfa y Omega

El proceso de Tokio. La justicia entre el humo

Iñako Rozas Mera
Marcel Hensema es el juez holandés Bert V.A. Röling, narrador de la serie.
Marcel Hensema es el juez holandés Bert V.A. Röling, narrador de la serie. Foto: Netflix.

Cada vez me cuesta más encontrar una serie que me entusiasme de verdad. No una que se consuma con ansiedad, sino una que pida tiempo, silencio y una cierta disposición interior. Tal vez por eso El proceso de Tokio, disponible en Netflix, me ha resultado tan estimulante. Son solo cuatro capítulos y se ven como se fuma en pipa: despacio, dejando que el humo haga su trabajo y obligue a pensar.

La serie se aparta con inteligencia de la senda marcada por películas como Núremberg o Vencedores y vencidos. Aquí el foco no está tanto en los acusados como en la compleja y, a ratos, desesperante tarea de los jueces del Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente. Hacer justicia no aparece como un gesto heroico, sino como un proceso frágil, lleno de tensiones, equilibrios imposibles y humo político que todo lo enturbia.

Una escena de la serie.
Una escena de la serie. Foto: Netflix.

Jonathan Hyde sostiene con enorme sobriedad el papel del magistrado presidente William Webb, australiano. Su interpretación, contenida y firme, invita a recordarle en su doble papel en Jumanji y a comprobar cómo un mismo actor puede transitar del asombro lúdico a la gravedad de quien sabe que cada palabra dicta historia. Frente a él, Michael Ironside encarna a un Douglas MacArthur imponente; quien, designado por el presidente Truman como comandante supremo de las potencias aliadas y, en consecuencia, gobernador militar de Japón, siempre acompañado de su pipa de maíz, recuerda con su presencia que muchas veces, por desgracia, la justicia responde de la política.

Brillan asimismo el personaje de lord Patrick, magistrado escocés encargado de vehicular la opinión de su gloriosa majestad; y el juez soviético, portavoz de un bloque que no disimula sus intereses. Todo ello envuelto entre magníficas imágenes del Hotel Imperial de Tokio —y un elegantísimo diseño de vestuario— donde el humo de todos los fumadores que van a hacer la justicia de los vencedores parece quedarse suspendido en el aire de la sala de vistas.