La noble batalla - Alfa y Omega

La noble batalla

No es noticia nueva esa caballerosidad en un torneo de tenis. Cada torneo es visto como una lección extraordinaria en un momento en el que lo habitual es la deshumanización del adversario. Cabría preguntarse si hay más de esto que de aquello o es que lo primero queda nublado por lo segundo

Sandra Várez
Carlos Alcaraz con Novak Djokovic
Foto: AFP / Paul Crock.

En medio de un clima profundo de confrontación que se vive en la política, en las redes y en los medios de comunicación, resulta hipnótico e, incluso, sanador contemplar esta imagen de dos gigantes del tenis, segundos antes rivales, reconociendo la grandeza del contrario y dándose mutuas gracias por la oportunidad de enfrentarse en una gesta que queda ya para la historia del tenis.

De todos los epítetos empleados para calificar el partido de la final del Abierto de Australia, el más recurrente ha sido el de batalla: batalla de leyendas, batalla de gigantes, batalla generacional, batalla de ley. Suena irónico que, en un momento de batallas culturales, de batallas por las ideas, por el relato y por la razón; de conflictos entre generaciones y de guerras identitarias, sea, precisamente, una batalla la que merezca tamaña loa.

Ha sido una batalla para los anales, decía Novak Djokovic en su canal de Instagram minutos después de perder frente a un Carlos Alcaraz 16 años más joven que él. «Di todo, pero no fue suficiente», confesaba tras haber admirado en público la hazaña de su compañero que, con solo 22 años, ya es el tenista más joven en completar los cuatro grandes torneos (Wimbledon, Roland Garros, Abierto de Estados Unidos y Abierto de Australia).

Mientras, el murciano reconocía ante los medios el nivel de su rival, su maestría y su ejemplo. «Disfruté mucho viéndote jugar, es un honor compartir ahora tiempo contigo», decía minutos después de levantar el trofeo ante la mirada de orgullo del tenista serbio. La foto es la estampa de la gratitud, de la admiración y del reconocimiento recíproco por verse ganar y perder a la vez; por compartir juego y vestuario; por empujarse mutuamente a ser mejores. 

No es noticia nueva esa escena de caballerosidad en un torneo de tenis. Nos tenía ya muy acostumbrados Rafa Nadal después de cada partido. En todos ellos, tras desplegar un magistral juego, se deshacía en elogios y gestos de respeto y felicitaciones hacia sus oponentes. Es algo particular del tenis: un deporte en el que se promueve la honestidad; la sensibilidad hacia el sufrimiento del rival; la gratitud hacia los que le ayudan a uno a alcanzar metas; la humildad, la prudencia y el respeto; la perseverancia y la responsabilidad. 

Por eso, cada torneo es visto como una lección extraordinaria, sobre todo para los más jóvenes, en un momento en el que lo habitual es la desconfianza, el desprecio y la deshumanización completa del adversario, recurriendo, para ello, al insulto, a la manipulación y el señalamiento, como ya nos hemos habituado a ver en los ámbitos políticos y en los entornos de poder.

Sin embargo, cabría preguntarse si, en este mundo de exposición constante, hay más de esto que de aquello o es que, simplemente, lo primero queda nublado por lo segundo. Escuchaba hace meses en un debate entre un obispo y un político cómo la confrontación se había convertido en una estrategia buscada y orquestada para hacer el entendimiento menos posible de lo que en realidad es; que la deshumanización del otro se había impuesto como recurso habitual para no reconocer que quizá el adversario es mucho mejor que tú. Pero que la rivalidad constructiva es posible; y las lecciones compartidas, también.

Probablemente sea parte de esta estrategia mostrar esta foto como excepcional. No digo que no sea una pedagogía fundamental y obligatoria para niños y mayores. Pero quizá haya que poner más el foco en esa nobleza diaria que se da más de lo que pensamos. A pesar de las otras batallas. Y por encima de ellas.