No hay un ranking específico que diga cuál es el mejor himno espiritual de la historia, pero sí la que más popular se ha hecho de este género musical. Hay un tema que escribió un clérigo y poeta británico llamado John Newton, que desde el siglo XVIII hasta hoy se ha convertido en la composición religiosa más versionada. Se trata de Amazing Grace y es posiblemente la canción de góspel más grabada por diferentes cantantes, muchos de ellos de talla mundial como Elvis Presley, y esa predilección que tenía por este estilo; o también otros como el texano del country Willie Nelson. Aparece en miles de álbumes y su mensaje ha conseguido pasar de generación en generación durante casi 250 años. Su mensaje de alegría espiritual se ha convertido en una fuente de conexión entre cristianos de todo el planeta. Newton, que fue un mal estudiante y no comulgaba con ninguna religión, fue obligado a inscribirse en la marina inglesa y participó en el mundo del mercadeo de esclavos. Fue entonces cuando una noche de tormenta, donde lo cierto es que la cosa no pintaba bien entre los que se encontraban en el barco, este hombre imploró la ayuda de Dios para que la embarcación no tuviese más incidentes. Este suceso le marcó tanto que se convirtió al cristianismo y, de hecho, se siguió dedicando durante un corto espacio de tiempo a sus labores en el mercado de esclavos, hasta que se salió de ese mundo para centrarse en el estudio de la teología. Como párroco ya de la iglesia de Olney, se juntó con un poeta llamado William Cowper y empezó a componer himnos religiosos. Fue en 1773 cuando, para un sermón del día de Año Nuevo, presentó su nueva letra, y esa fue nada más y nada menos que la canción Amazing Grace, donde decía que, a pesar de las cosas terribles que había podido hacer en su vida, recibía la gracia de Dios. Lo cierto es que Newton había sido un rebelde en su juventud con muchos conflictos con sus superiores en la Marina, con una gran dependencia del alcohol y un amor con una amiga de la familia llamada Polly por la que se escapaba de sus labores militares. Fue duramente castigado, pero él sintió que el Señor le entendería, y su manera de dejar un legado fue componiendo la que quizá sea la canción religiosa más popular de todos los tiempos. «Gracia sublime, qué dulce es la melodía. / Que salvó a un infeliz como yo. / Que estaba perdido, pero ahora he sido encontrado. / Estaba ciego, pero ahora veo».