Vale la pena - Alfa y Omega

Vale la pena

3er domingo del Tiempo Ordinario / Evangelio: mateo 4, 12-23

Sara de la Torre
'La vocación de san Pedro y san Andrés'. Matteo di Giovanni. Instituto de Arte Clark, de Massachusetts (Estados Unidos).
La vocación de san Pedro y san Andrés. Matteo di Giovanni. Instituto de Arte Clark, de Massachusetts (Estados Unidos). Foto: Instituto de Arte Clark.

Evangelio: Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Pasando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 

Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Comentario

Este pasaje nos introduce en una imagen que evoca a un pueblo que camina en la oscuridad y que, de pronto, se encuentra con la luz. No hay estruendo ni espectacularidad. La luz no cae desde lo alto como un relámpago, sino que aparece en medio de la vida ordinaria, en un lugar concreto, entre personas concretas realizando sus labores concretas. Mateo no habla de una idea brillante, sino de algo que comienza a pasar, de una presencia que altera silenciosamente el curso de las cosas.

La oscuridad que describe el Evangelio tampoco es dramática. No es una noche cargada de miedo, sino una penumbra asumida, casi cómoda. Se parece mucho a esas rutinas en las que uno aprende a moverse sin preguntarse demasiado, aceptando lo que hay porque siempre ha sido así. Muchas veces no se permanece en la oscuridad por ignorancia, sino por hábito. Cambiar supone desplazarse, y desplazarse siempre implica dejar algo atrás. Por eso la luz no se impone: se ofrece. Está ahí, esperando ser acogida, pero sin forzar la puerta. Y la respuesta que pide no es automática ni fácil.

Cuando Jesús proclama: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos», no habla desde la amenaza, sino desde la posibilidad. No significa despreciar la propia historia, sino mirarla desde otro lugar, permitir que se abra a una plenitud mayor. Mateo narra que los primeros discípulos responden de inmediato, dejando redes pero también sus seguridades. El relato no se detiene en sus dudas ni en sus miedos. Y, sin embargo, la experiencia humana nos recuerda que no todos recorremos los caminos con la misma rapidez. Hay respuestas que necesitan tiempo, silencios largos, pasos pequeños. La lentitud no invalida la autenticidad; a veces, la hace más verdadera.

Jesús nace en un lugar, crece en otro, comienza su misión en una región fronteriza y muy plural. Jesús no se instala en el centro del poder ni en lo seguro. Su itinerancia no es solo geográfica: es una manera de estar en el mundo. La luz no espera a que los demás vayan hacia ella; se pone en camino, cruza fronteras, se hace cercana. No invade, no conquista: se aproxima con respeto, haciéndose vecina. 

Jesús enseña, anuncia y sana. No son acciones separadas, sino un único movimiento. Sus palabras van acompañadas de gestos que alivian el dolor, restauran vínculos y devuelven dignidad cuando las acoges. La cuestión no es solo si la luz ha llegado, sino si sabemos presentarla de un modo habitable. El reto sigue siendo el mismo: no obligar a salir de la oscuridad, sino creer que valga la pena hacerlo.