Rosario Dueñas (Mariqui): «Fue en Calcuta donde por primera vez quise mis manos y mi rostro» - Alfa y Omega

Rosario Dueñas (Mariqui): «Fue en Calcuta donde por primera vez quise mis manos y mi rostro»

Su largo proceso de sanación tras un grave accidente se completó precisamente cuando, guiada por madre Teresa, vio que Dios no la llamaba a ser misionera de la Caridad

María Martínez López
Madre Teresa tiene su lugar en casa de esta voluntaria de la Pastoral de la Salud de Madrid.
Madre Teresa tiene su lugar en casa de esta voluntaria de la Pastoral de la Salud de Madrid. Foto cedida por Mariqui Dueñas.

—¿Quién era Mariqui Dueñas de joven?
—Una campeona de natación. Me quería comer el mundo. El 7 de junio de 1979 todo cambió en un segundo por una explosión de propano. Los médicos no daban un duro por mí. Salí adelante, pero al principio me quería morir. Tardé mucho tiempo en aceptarme.

—¿Cómo fue ese camino?
—En 1991 fui a Filipinas como misionera laica, haciendo un discernimiento con las Esclavas del Sagrado Corazón. Con ellas empecé a hacer voluntariado en un hogar de las Misioneras de la Caridad. Pensé que el Señor me llamaba a ello. Durante una visita que madre Teresa hizo a Filipinas, se lo pedí. Cogió mis manos quemadas y me dijo: «No puedes hacer el trabajo. Pero te admito en la vida contemplativa». Me quedé decepcionada. Pensé «¿que no puedo?». Y pedí el trabajo más duro, en la cocina. Con el tiempo vi en la oración que lo hacía por soberbia. No veía lo de la vida contemplativa porque yo soy pura actividad. Las misioneras me decían: «Madre es santa, algo habrá visto». Un tiempo después me llegó una carta suya en la que me decía: «Ven y veamos si realmente el Señor te llama».

—¿Por qué cambió de opinión?
—No sé. Tal vez por el Señor. Fue mi salvoconducto. Estuve en Calcuta de septiembre de 1995 al de 1996. Madre Teresa me mandó de ejercicios espirituales en silencio y ahí vi que el Señor no me pedía ser misionera de la Caridad. Entendí que quería entrar en ellas para sentir que pertenecía a algo. Pero Dios me estaba diciendo: «Coge tu cruz, sigue adelante, ve por el mundo y sé sal y luz dando testimonio». Fue en Calcuta donde por primera vez vi mis manos y mi rostro y los quise. Fue un don del Señor y soy capaz de darle gracias y contarlo.

—Se acaban de cumplir 75 años del reconocimiento de las Misioneras de la Caridad. ¿Qué la atrajo de ellas?
—Viven tal cual dicen sus constituciones, que incluyen el cuarto voto de dedicarse de todo corazón a los más pobres de los pobres. Luego, cuando las fui conociendo, lo que más me llamó la atención fue su forma de rezar: se ponen de rodillas delante del Santísimo y oran y oran, varias horas al día. Es su sostén, sin eso no podrían hacer lo que hacen. Es una cosa muy importante que aprendí con ellas.

—¿Cómo era madre Teresa en las distancias cortas?
—Muy sencilla. Tan pronto estaba hablando conmigo como recibiendo a un primer ministro. Tenía la filosofía de que todos somos Cristo que pasa y no hay que hacer acepciones. Me pellizcaba las mejillas de forma cariñosa, pero por los queloides de las quemaduras me dolía un montón. También tenía genio, ¿eh? Era brava, tenía un carácter fuerte. Es normal, lo necesitaba para llevar adelante la obra tan grande que tenía sobre sus hombros. Y confiaba plenamente en la providencia. A veces, a las siete de la mañana no había sacerdote para la Misa y de repente llamaba uno al timbre.

—¿Cómo se concretó su llamada a ser sal por el mundo?
—Al regresar a España empecé como voluntaria en Manos Unidas. En 2001 me contrataron y estuve llevando los proyectos en Colombia y Ecuador y luego el sudeste asiático. Además, el Señor me puso en el camino a mi esposo, un hombre maravilloso que me quiere como soy. Nos casamos en 2003, ya mayores. En 2013 dejé Manos Unidas y me dedico al voluntariado. El mundo de los enfermos me llama muchísimo, tengo una gran empatía con ellos. Doy testimonio porque, quemada como estoy desde el pelo hasta el dedo gordo del pie, llamo la atención. Podía estar visitando proyectos en Camboya, que al final terminaba contando mi historia.

—¿Qué mensaje quiere transmitir?
—Que todos tenemos una cruz y hay que acogerla con alegría. El Señor te dice «estoy aquí contigo para llevarla». Él nunca te da una cruz mayor de la que puedas cargar. Y da la gracia para hacerlo. A veces sigo sufriendo, porque puedes decir que tienes algo superado pero es mentira: de vez en cuando aparece una china en el zapato. Pero me siento realmente afortunada porque el Señor me ha dado una segunda oportunidad. Así que me esfuerzo el doble por llegar al cielo.

—¿Ha continuado en relación con las Misioneras de la Caridad?
—Jamás la he perdido. Sigo yendo a su casa de Madrid un día a la semana para acompañar a una, que está enferma. Me gustaría ayudar más, pero estoy bastante deteriorada. Hago lo que he aprendido de ellas: ser mano amiga, estar, escuchar y rezar. En este mundo en el que vivimos para mí ellas son luz, almas donde prevalece no el cuánto se hace sino el cómo: con amor.