Primeras rupturas de protocolo de León XIV: Así lo abrazó un niño en el Palacio Apostólico - Alfa y Omega

Primeras rupturas de protocolo de León XIV: Así lo abrazó un niño en el Palacio Apostólico

Los testigos de la escena narran cómo «aquel pequeño pareció iluminarse, lo dejó todo atrás y, sin dudarlo, corrió hacia el Papa»

Rodrigo Moreno Quicios
León XIV recibe el abrazo del pequeño. Foto: Bruno Silvestrini

La prensa vaticana se hizo eco el lunes de un tierno gesto que sucedió el pasado 7 de junio pero que hasta ahora había permanecido guardado con discreción. Se trata del espontáneo abrazo que un niño decidió darle a León XIV saltándose el protocolo de la Santa Sede. Sucedió durante una visita al Aula Ducal del Palacio Apostólico de Giovanni Giordano y su familia.

Giordano es asistente del capellán de los carabineros del cuartel romano de Tor di Quinto, pero también es laico, por lo que acudió a las entrañas del Vaticano acompañado por su mujer y por su hijo. Y este pequeño provocó una sonrisa en León XIV cuando rompió con las formalidades. Bruno Silvestrini, un agustino italiano, lo cuenta con detalle en Vatican News y lo narrará de forma aún más ampliada en el boletín interno de la Provincia Agustiniana de Italia. El religioso estaba allí y, aparte de redactar la crónica, también fotografió el momento.

Silvestrini define al chaval como «un niño vivaz e incansable, lleno de una energía sorprendente». Y que, mientras Giovanni Giordano hablaba con el Papa, «corría de un lado a otro, sin prestar mucha atención ni confiarse a los presentes». «Parecía pertenecer a un mundo propio, donde la espera era solo un intervalo para llenarse de juegos» describe el agustino.

Después, cuando se le acercó el Papa tras la conversación con su padre, el pequeño saltó hacia el Pontífice «sin filtros, sin vacilaciones». En él estaba «solo la pureza del corazón de un niño que reconoce lo verdadero, lo bueno y lo acogedor». Y al recibir su regalo, «el Papa León XIV sonrió, correspondiendo con ternura a ese gesto inesperado y profundo».

A juicio del agustino, «es precisamente en estos episodios que la Providencia parece querer susurrarnos algo. A veces son aquellos con almas libres quienes, más que nadie, son capaces de reconocer la belleza y la paternidad de Dios».

Una lección de la que podrían aprender los adultos pues, mientras «permanecíamos serenos, emocionados, quizás incluso intimidados por la sacralidad del momento, aquel pequeño pareció iluminarse: lo dejó todo atrás y, sin dudarlo, corrió hacia el Papa».