28 de diciembre: san Gaspar del Búfalo, el misionero que plantó cara a Napoleón
«No puedo, no debo, no quiero», le dijo san Gaspar del Búfalo al funcionario que le quiso tomar juramento de fidelidad al emperador francés. Dirigió 150 misiones populares en la Italia asolada por la Revolución francesa
«Yo no veo en la religión el misterio de la Encarnación, sino solo el misterio del orden social»: estas palabras de Napoleón en 1800, poco después de hacerse con el poder en Francia, dan idea de la concepción utilitarista de la fe que tenía el general francés. Fue esa visión la que le llevó a pedir una fidelidad que solo se le debe a Dios al clero de todos los territorios que sometió. Esta exigencia dio ocasión a san Gaspar del Búfalo de dar testimonio de fe en el único Soberano.
El santo nació en Roma el 6 de enero de 1786 y por eso sus padres le bautizaron con los nombres de los tres Reyes Magos, aunque en casa le llamaban simplemente Gaspar. De niño vivió en el palacio de los príncipes Altieri porque su padre, descendiente de una familia de marqueses venida a menos, trabajaba allí como cocinero. De vocación temprana, fue ordenado sacerdote en marzo de 1808, pocas semanas después de la ocupación de Roma por parte de las tropas francesas. Pronto tuvo que enfrentarse al dilema de prestar o no juramento de fidelidad al emperador, una condición indispensable para ejercer el ministerio.
La Asamblea Nacional Constituyente que salió de la Revolución francesa había decretado la supresión de las órdenes religiosas, mientras que los miembros del clero secular habían pasado a ser funcionarios públicos pagados por el Estado, debiendo por este motivo asegurar su adhesión al poder civil. Cuando el emperador se hizo con el dominio, directo o indirecto, de casi toda Italia, quiso implantar allí esta práctica. Y se encontró —al igual que había ocurrido en su país— con la oposición de sacerdotes y obispos. Llegado el momento, Gaspar se negó a firmar un juramento de lealtad a Napoleón. «No puedo, no debo, no quiero» fue su respuesta al funcionario que debía registrar el trámite. Por eso fue empujado al destierro. Desde junio de 1810 hasta febrero de 1814, el joven fue deportado sucesivamente a Piacenza, Bolonia e Imola, y finalmente al municipio italiano de Lugo. «Ese tiempo de exilio, lejos de haberlo quebrantado, tuvo la virtud de fortalecer su fe y su celo misionero», asegura Jeffrey Kirch, provincial en Estados Unidos de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, la congregación que fundó.
- 1786: Nace en Roma
- 1808: Es ordenado sacerdote
- 1810: Se niega a jurar fidelidad a Napoleón
- 1815: Funda la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre
- 1837: Muere en Roma
- 1954: Es canonizado por Pío XII
Volvió a Roma tras la abdicación de Napoleón, en 1814, y decidió dedicar el resto de su vida a realizar misiones populares por toda Italia, 150 de ellas durante casi 23 años. Lo primero que hizo fue fundar una congregación dedicada a tal fin. «Cuando regresó a casa, encontró su tierra natal azotada por los conflictos y a su gente desanimada» por los estragos de la invasión francesa, afirma Kirch. «Pudo haberse dado por vencido, pero estaba decidido a ayudar a renovar la Iglesia llevando el poder sanador de la Sangre de Cristo a todas las personas», añade. San Gaspar y sus misioneros organizaban misiones de una semana, tras la cual formaban grupos de laicos que se seguían reuniendo después, ofreciéndose apoyo espiritual unos a otros y conservando lo recibido.
El santo no se detuvo ante ningún reto, ni siquiera ante el que le planteó el Papa Pío VII cuando le pidió evangelizar a los bandidos que en aquel momento atemorizaban a la población de Roma y Nápoles y a quienes la gente llamaba «los lobos de la montaña». Cientos de personas le escucharon aquellos años. Los alentaba a la conversión valiéndose de métodos que hoy consideraríamos exagerados pero que por aquel entonces surgían efecto, como mostrar calaveras u ordenar el repique de campanas sonando a muerte.
Cuando en verano de 1837 estalló en Roma una epidemia de cólera, se apresuró a socorrer a los enfermos llevándoles medicinas, comida y los sacramentos. La vida en la tierra de Gaspar no duró mucho más: el 28 de diciembre murió mientras contemplaba un belén. «Es fácil para nosotros identificarnos con san Gaspar porque también vivimos una época de agitación y guerra—señala Jeffrey Kirch—. Por eso podemos aprender de él la necesidad de asumir la responsabilidad de ser miembros activos y comprometidos de nuestra Iglesia, trabajando por la reconciliación en nuestro mundo ofrecida a través de la preciosa sangre de Jesús».