No es verdad 817 - Alfa y Omega

Claro que un solo corruptor ya sería demasiado; y también un solo corrupto. Basta cualquier trayecto en el Metro o en el autobús, o entrar a tomarse un café en un bar, para comprobar que, con toda seguridad, la palabra más pronunciada en España, estos días, es la palabra corrupción, con todos sus derivados y compuestos; y no sola, sino acompañada de esas expresiones tan españolas que revelan el profundo asco y el monumental cabreo de la gente. Ahora que los técnicos de la climatología han puesto de moda eso de la ciclogénesis explosiva para hablar del agua y de la nieve que está cayendo, donde se ha producido de verdad una ciclogénesis explosiva ha sido en la corrupción. Sería de una ingenuidad rayana en la insensatez creer que hasta ahora no ha habido corrupción. La corrupción es tan vieja como la miseria de la condición humana; pero sí es cierto que últimamente, en España, le ha dado por lo de la ciclogénesis explosiva.

En el fantástico programa de televisión Lágrimas en la lluvia, que Juan Manuel de Prada dirige en Intereconomía, este problema de la corrupción fue analizado a fondo, el domingo pasado, y los participantes dejaron claro que no es verdad eso de que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece, sino que es verdad exactamente lo contrario, porque cada pueblo es lo que quieren sus gobernantes que sea. Con una sociedad decente no hay corrupción posible. Se ha descubierto estos días que nada menos que 41.000 ciudadanos han recibido, según el Tribunal de Cuentas en un informe sobre el sistema de atención a los dependientes, prestaciones irregulares después de que sus familiares habían muerto. ¿Qué hubieran hecho de haber estado presidiendo alguna empresa, o dirigiendo alguna institución? Va a ser verdad aquello de Ponme donde haya, que ya me ocuparé yo de coger. No, no son sólo algunos políticos –ciertamente, cada vez más– los corruptos. Aquí el que no corre vuela y el más tonto hace relojes; así que menos hipocresías y más justicia, solidaridad y sentido común.

Está muy bien, pero que muy bien, que el 97 % de los españoles exija, según una reciente encuesta sociológica, un pacto político anticorrupción, pero estaría muchísimo mejor que tal pacto no hiciese falta. De todos modos, el Foro de la Sociedad Civil, que eficientemente preside don Ignacio Camuñas, acaba de hacer público un manifiesto a favor de la reforma de la Constitución y de la Ley electoral (Alfa y Omega ha informado sobre él), en el que afirma que, «o cambiamos la vigente estructura del Estado, que ha demostrado ser disgregadora, ineficiente y tendente al despilfarro, o no saldremos airosos de la difícil coyuntura en que nos encontramos». Reivindica que hay que hacer posible lo necesario, y entrecomilla que «quienquiera desecar una charca no puede pretender contar con el beneplácito de las ranas».

Aquí las ranas croan desaforadamente. No hay más que ver a algunos dirigentes socialistas que engolan la voz hipócritamente para preguntar cuántos Bárcenas hay en el PP. No seré yo, desde luego, quien trate de disculpar al Bárcena o a los bárcenas del PP, pero en cualquier vagón del Metro, o en cualquier cafetería u oficina del paro, los rubalcabas, valencianos y sorayas del PSOE pueden oír una larga lista de nombres de socialistas más o menos bárcenas. No oye uno otra cosa que Chaves, la hija de Chaves, Bono, los áticos de Bono, los ERES de Andalucía, Griñán, Zapatero y Rubalcaba y también, aunque menos, los Pujol y los Durán y los Mas. De modo que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra… Llama la atención, por cierto, que lo que los socialistas claman y exigen para el PP no lo clamen ni lo exijan para CiU. ¿Por qué será? No seré yo, desde luego, quien pretenda disimular las lacras y miserias del PP, pero ¿el PSOE estaría dispuesto a una Auditoría interna y externa como la que el PP acaba de anunciar?

Y, mientras tanto, el humorista Caín ha pintado una viñeta en La Razón en la que se ve a un españolito, maleta en mano, que cincuenta años después de aquella emigración de los 50 y 60 oye, entre las montañas, el eco del siguiente grito: «¡Vente a Alemania, nieto de Pepe!». Y luego hablan de progreso…