Muy pocas veces ha sido tan oportuno y necesario como hoy un debate sobre el estado de la nación, y muy pocas veces podría ser tan fructífero como hoy, si realmente todos y cada uno de los representantes de los ciudadanos que se sientan en los escaños del Congreso debatieran en serio sobre el estado de la nación española, y no sobre otras cosas. Siempre hay luces y sombras en todas las situaciones humanas, pero produce mucha tristeza tener que reconocer que España hoy es una nación -¿seguro que es una nación?- con casi cincuenta millones de habitantes empobrecidos. Empobrecidos materialmente -es decir, con menos bienestar material que hace unos años-; y, lo que es peor, empobrecidos culturalmente, sociológicamente, espiritualmente, moralmente: defraudados, desengañados, desmoralizados, sin horizonte, sin ilusiones, desconfiados, frustrados… Sí, ya sé que generalizar es un error, y ya sé que, sin duda, hay excepciones –es más, de esas excepcionales minorías hay que esperar el futuro–, pero hay una atonía general evidente, y la corrupción rampante e impune lleva a los humoristas, como Ricardo en la viñeta que ilustra este comentario, a que los niños españoles puedan decir y pensar y creer lo que esa viñeta refleja. Ése es, con todo realismo, el verdadero estado de la nación sobre el que los diputados deberían debatir; y sobre el que los medios de comunicación deberían informar incesantemente.
Los escándalos, con espionaje o sin él, que por desgracia están a la orden del día —hasta el punto de que Victoria Prego ha podido escribir: «Últimamente, salimos a mangante por día, incluso aparecen a pares»—, están obligando a alertar a los más responsables y lúcidos de nuestros dirigentes: Son catastróficos para la imagen de España. Por si faltaba algo, ahí tenemos la huelga en Iberia, que no sólo es algo que España no debería poder permitirse en las circunstancias actuales, sino que ha dado los primeros síntomas de un estallido social contenido hasta ahora por el impagable papel de la familia y de algunas instituciones como Cáritas. Resultan imprevisibles los efectos que, dentro y fuera de casa, puedan tener este tipo de reivindicaciones más que legítimas, en un momento en el que parecía que las cosas empezaban a enderezarse económicamente. Éste es el verdadero estado de la nación, sobre el que hay que debatir, y no sobre cuestiones de partidos y de intereses. Ignacio Camacho ha preguntado, desde ABC: «¿Qué clase de país puede parecer uno en el que sus élites dirigentes tienen que ponerse de acuerdo en dejar de robar?».
El sistema de pensiones arrojó, en 2012, un déficit de 5.800 millones de euros, y el Estado gastó 3.200 millones más de lo previsto en pagar las prestaciones al paro. Mientras tanto, una sociedad medio anestesiada se distrae con el fútbol. Los responsables de esta situación siguen cobrando todos más de 70.000 euros al año, y muchos de ellos el doble; el sueldo de 15 de los 41 concejales de Barcelona supera los 100.000 euros. Rajoy cobra la mitad que Mas. Y el PSOE tiene que destituir al director de la Fundación Ideas –el corazón formador de su identidad socialista–, tras un fraude mantenido durante años. La Generalidad de Cataluña, que pide más dinero a Madrid, y lo recibe, se gasta 26,9 millones al año en una cosa que llama embajadas; y, mientras tanto, aquí nos tienen a todos entretenidísimos con lo que ha pasado en los Goya: esa cosa entre penosa y deprimente que ha retransmitido, el pasado fin de semana, Televisión española, gracias a nuestros impuestos. Resulta que, precisamente cuando parece que el cine español empieza a levantar la cabeza y a realizar películas verdaderamente interesantes y dignas del séptimo arte, los de siempre, en vez de hablar del cine español y de celebrar su lenta mejoría, se dedican a una sesión continua de ironías sin gracia, y algunas hasta sin educación, sobre el rey y los políticos del Gobierno actual, cosa que no se les ocurrió hacer obviamente durante el Gobierno anterior. No molesta la ironía, sino la falta de inteligencia y de talento, y hasta de gracia. Por cierto, el cine español, no sé por qué, nos cuesta a todos 146 millones de euros al año.