80 años del CSIC

Además de iniciar su andadura bajo el patronazgo de san Isidoro de Sevilla, eminente científico católico medieval, adoptó como logotipo el arbor scientiae, que simboliza la unidad de todas las ciencias en su vocación última de conocer a Dios y sus obras, que fuera diseñado por el hoy beato Ramón Llull allá por el siglo XIV. El CSIC pronto contó en su campus de Serrano con la bellísima Iglesia del Espíritu Santo, todavía hoy abierta al culto

Colaborador
Edificio central del CSIC. Foto: Luis García

Además de iniciar su andadura bajo el patronazgo de san Isidoro de Sevilla, eminente científico católico medieval, adoptó como logotipo el arbor scientiae, que simboliza la unidad de todas las ciencias en su vocación última de conocer a Dios y sus obras, que fuera diseñado por el hoy beato Ramón Llull allá por el siglo XIV. El CSIC pronto contó en su campus de Serrano con la bellísima Iglesia del Espíritu Santo, todavía hoy abierta al culto

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) fue fundado el 24 de noviembre de 1939. El organismo de investigación más importante de España ocupa la séptima posición en el ranking mundial de instituciones científicas públicas. Con 120 institutos de investigación repartidos por todas las autonomías, en los que trabajamos unas 11.000 personas, estamos desarrollando más de 3.500 proyectos de investigación y publicando más de 14.000 artículos científicos al año.

Su primer presidente fue José Ibáñez-Martín, licenciado en Derecho y Filosofía y Letras y parlamentario por la Confederación Española de Derechas Autónomas Independientes (CEDA) durante la Segunda República, además de miembro de la hoy Asociación Católica de Propagandistas (ACdP). Junto a él y como vicepresidentes le acompañaron en la aventura Miguel Asín Palacios, prestigioso arabista e islamólogo, además de presbítero de la Iglesia católica, y otros dos científicos, Juan Marcilla Arrazola y Antonio de Gregorio Rocasolano, ingeniero agrónomo y químico, ambos catedráticos de universidad además de católicos fervientes. Cerrando el quinteto iniciador y como secretario general otro científico de prestigio experto en edafología –la ciencia ahora tan de moda–, Jose Mª Albareda, sacerdote del Opus Dei, que acompañó a san Josemaría.

Además de iniciar su andadura bajo el patronazgo de san Isidoro de Sevilla, eminente científico católico medieval, adoptó como logotipo el arbor scientiae, que simboliza la unidad de todas las ciencias en su vocación última de conocer a Dios y sus obras, que fuera diseñado por el hoy beato Ramón Llull allá por el siglo XIV. El CSIC pronto contó en su campus de Serrano con la bellísima Iglesia del Espíritu Santo, todavía hoy abierta al culto. En su ley fundacional se hacía mención a la intención de llevar a cabo en este nuevo organismo: «La restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias…» conjugando «las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad».

El CSIC llevó a cabo en una época extremadamente difícil y en un tiempo récord la profesionalización de la ciencia –que ya se había intentado profesionalizar por la JAE– mediante la creación de las profesiones del colaborador científico (1945), investigador científico (1947) y profesor de investigación (1970), categorías vigentes hasta la actualidad. Además promovió la descentralización de dicha actividad y su expansión por toda España, así como una importante tarea de formación de científicos en el extranjero, que alcanzó cotas sin precedentes. Desarrolló una investigación básica y aplicada, tanto en ciencias puras como en humanidades. Y todo ello de la mano y con la participación de un gran número de personas, en las que ciencia y fe confluyeron sin conflicto, como todavía hoy nos ocurre –aunque en menor número– a los que seguimos formando parte del mismo, porque no es cierto que cada vez sean más los científicos ateos, sino que más bien son cada vez más los ateos que se hacen científicos: la ciencia no le hace perder la fe a nadie.

La puesta en marcha del CSIC inmediatamente después de la guerra civil fue un acierto para que la actividad científica iniciada durante la denominada Edad de Plata de la ciencia española continuase a pesar de las irreparables pérdidas de intelectuales de los dos bandos, bien como víctimas bien como exiliados. De hecho Asín había participado en la fundación del Centro de Estudios Históricos de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), antecesora del CSIC, y Marcilla dirigió el Centro de Investigaciones Vinícolas, perteneciente a la parte aplicada de la JAE. Además Albareda había sido varias veces pensionado por la JAE para mejorar su formación en el extranjero.

Y lo que es más, también fueron católicos convencidos muchos de los vocales fundadores de la JAE, tales como Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Leonardo Torres Quevedo, Jose Mª Marvá, Julián Ribera, Victoriano Fernández Ascarza… el mismísimo Cajal falleció reconociendo su creencia en Dios y en e alma inmortal. En el decreto fundacional de la JAE se reconocía parte del papel jugado por la Iglesia Católica en el desarrollo científico español… motivos todos ellos suficientes para considerar el 80 aniversario del CSIC como una efeméride demostrativa de hasta qué punto razón y fe son compatibles. En mi libro de reciente aparición, Iglesia católica y ciencia en la España del siglo XX (Editorial Bendita María) cuento todo esto y mucho más.

Alfonso V. Carrascosa