Al cabo de 33 años como corresponsal en Bruselas, Hong Kong, Nueva York y Roma, confieso que lo más difícil es informar bien y a fondo sobre el Vaticano. La OTAN, la Unión Europea o Naciones Unidas son organismos muy sencillos y recientes comparados con la Santa Sede.

La figura del Papa tiene casi 2.000 años, y Francisco es el número 266 de la lista iniciada por Pedro de Betsaida, un pescador en Galilea. El colegio de cardenales y el cónclave cuentan casi 1.000 años. La Secretaría de Estado y la Congregación para la Doctrina de la Fe están en medio milenio.

Si las demás organizaciones internacionales operan en claves políticas, económicas, militares, culturales o caritativas, el Vaticano las engloba todas en torno a otra más elevada, la espiritual. La actividad decisiva es como la electricidad en los cables: invisible. Solo se notan sus efectos.

Bajo la cúpula de San Pedro, el pasado está presente. Y aunque algunos burócratas lo olviden, la gran referencia sobre qué se debe hacer y cómo es Jesucristo. Los héroes son las santas y los santos, desconocidos salvo para las personas cercanas que notaban su alegría y su generosidad.

Muchos periodistas llegan al Vaticano después de haber informado sobre política, asuntos sociales o cultura: un bagaje insuficiente. Nadie debería escribir de música clásica, tenis o defensa sin una mínima preparación previa, pues es periodismo especializado.

Después de muchos años siguiendo día a día al secretario general de la OTAN, al presidente de la Comisión Europea, al secretario general de Naciones Unidas o al presidente norteamericano de turno, constato que el trabajo de Papa es el más difícil del mundo, el más complejo y el más delicado. Nada se parece a ser guía espiritual de 1.300 millones de personas y primer referente moral del planeta.

En Bruselas, los periodistas conocíamos en torno al 80 % de los datos sobre los asuntos de la Unión Europea, y el 40 % de los de la OTAN. El resto era clasificado. En los aspectos clave del Vaticano, a veces no llegamos ni al 20 %. Los datos más valiosos son reservados.

Por eso tiene gracia que, lejos de Roma, algunas personas pontifiquen con gran énfasis sobre lo que debe o no debe hacer el Papa. A veces gritan más precisamente los que menos información tienen.

Juan Vicente Boo