70 años del milagro de Vinkt

Este 27 de mayo se cumplen 70 años de una de las predicaciones del padre Werenfried van Straaten, monje holandés fundador de ACN. Fue en Vinkt, un pueblo belga en el que los alemanes habían asesinado a cerca de un centenar de civiles durante la Segunda Guerra Mundial. Diez años más tarde, fue a pedir ayuda a esta población para los alemanes expulsados de los territorios orientales. «Prediqué durante un cuarto de hora sobre el amor. Fue la predicación más difícil de mi vida, pero dio resultado», cuenta en sus memorias

Colaborador
El padre Werenfried van Straaten

Este 27 de mayo se cumplen 70 años de una de las predicaciones más recordadas del padre Werenfried van Straaten, monje holandés fundador de ACN. Fue en Vinkt, un pueblo belga en el que los alemanes habían asesinado a cerca de un centenar de civiles durante la Segunda Guerra Mundial. Diez años más tarde, fue a pedir ayuda a esta población para los alemanes expulsados de los territorios orientales. «Prediqué durante un cuarto de hora sobre el amor. Fue la predicación más difícil de mi vida, pero dio resultado», cuenta en sus memorias

Al final de la Segunda Guerra Mundial, y como resultado de los pactos suscritos por las potencias vencedoras en la Conferencia de Yalta y en el Acuerdo de Potsdam, 14 millones de alemanes fueron expulsados de los territorios orientales. Al principio, las personas desplazadas que llegaron a la Alemania occidental –entre ellos, seis millones de católicos– se vieron obligados a vivir en condiciones infrahumanas en búnkers o en campos de refugiados. El padre Werenfried van Straaten, monje premonstratense holandés que nació en 1913 en Mijdrecht, reconoció el peligro que entrañaba una Europa dividida por el odio; por ello, la restauración de la caridad se convirtió en la labor de su vida.

En un artículo publicado con el título No hay lugar en la posada en la edición de la Navidad de 1947 de la revista de su abadía en Tongerlo (Bélgica), solicitó un gesto de reconciliación de sus compatriotas belgas, que todavía lloraban a sus familiares asesinados por los alemanes. El eco despertado por el artículo fue abrumador y desencadenó una ola de solidaridad entre la población flamenca. Como entre las personas desplazadas había también 3.000 sacerdotes católicos, a través de los cuales se organizaba la ayuda a las personas necesitadas, la nueva organización de ayuda recibió el nombre de Ostpriesterhilfe (Ayuda de los sacerdotes del este).

En 1950 se cumplían diez años de la masacre de Vinkt. El 27 de mayo de 1940, este pueblo belga cercano a Gante se convirtió en el escenario de uno de los mayores crímenes cometidos en el frente occidental durante la Segunda Guerra Mundial. 86 civiles fueron ejecutados en una masacre cometida por las tropas alemanas. Diez años después, el padre Werenfried fue testigo de un milagro de caridad en aquel mismo lugar, a donde había acudido a predicar en una parroquia. En sus memorias, el padre Werenfried admitió: «Nunca en mi vida he sentido miedo fácilmente, pero en ese momento lo tuve».

Aquel miedo estaba más que justificado, si se tiene en cuenta que aún no se había superado la amargura ni el odio en el corazón de las personas. Entre las víctimas de la masacre, la de mayor edad tenía 89 años, la menor 13. Prácticamente no había ninguna familia que no hubiera perdido a un ser querido. Incluso el párroco local advirtió al padre Werenfried del riesgo que su predicación conllevaba. «Viajé a Vinkt el día anterior, a fin de explorar el terreno. Llegué a la vicaría el sábado por la noche. Desesperado, el párroco levantó las manos y gritó: “No va a funcionar padre; la gente no quiere. Dicen: ¿Cómo? ¿Este padre viene a pedir ayuda para los alemanes? ¿Para los malnacidos que mataron a nuestros hombres y niños? ¡Nunca! No vendrá ni un alma viviente a oírle. Puede predicar a las sillas vacías si quiere. Y tiene suerte de ser religioso. ¡Si no, le daríamos una paliza!»».

«¿Qué podía hacer? De acuerdo con el párroco, me decidí a preparar la reunión de la tarde predicando el domingo en todas las Misas. De ese modo, a la mañana siguiente aparecí por sorpresa en el púlpito y prediqué durante un cuarto de hora sobre el amor. Fue la predicación más difícil de mi vida, pero dio resultado», recordaría van Straaten.

Cuando estaba dando gracias después de la Misa en la iglesia completamente vacía, se le acercó tímidamente una mujer. «Sin decir nada, me dio 1.000 francos y se fue antes de que pudiera preguntarle. Afortunadamente, el sacerdote salía en ese momento de la sacristía y la vio irse. Me comentó: “Es una sencilla campesina; su marido, su hijo y su hermano fueron asesinados por los alemanes en 1940”». Por la tarde, la sala estaba llena. «Hablé durante dos horas sobre la situación de los sacerdotes de la mochila y el abandono que sufrían sus fieles. No pedí tocino ni dinero ni ropa. Solo pedí amor, y al final pregunté si querían rezar conmigo por sus hermanos necesitados de Alemania. Rezaron con lágrimas en los ojos. A las once de la noche, cuando había oscurecido y nadie podía reconocerlos, vinieron uno tras otro a la casa parroquial para entregar un sobre con 100 francos, con 500 francos, con una carta. A la mañana siguiente, antes de irme, volvía a acudir gente a la casa parroquial. Recibí 17 sobres con dinero. Transfirieron dinero a mi cuenta. Recolectaron tocino. Adoptaron a un sacerdote alemán. ¡Eso fue Vinkt! El ser humano es mejor de lo que pensamos».

Werenfried van Straaten entendió que nunca habrá paz y reconciliación en Europa si no se elimina el odio en los corazones de las personas: «¡Todos navegamos en un barco, y este barco se llama Europa! […] Todo carece de importancia si la nave tiene una fuga, y la nave Europa tiene una fuga. Esto significa que hay que arremangarse y bombear o nos hundiremos todos, no importa dónde estemos». Y continuaba: «Ni la bomba atómica ni el Plan Marshall nos salvarán, solo la verdadera fe cristiana. Solo a través del amor, el sello del cristiano, puede restaurarse el orden».

ACN-España