6 de enero: san Carlos de Sezze, el fracasado en la escuela que llegó a místico - Alfa y Omega

6 de enero: san Carlos de Sezze, el fracasado en la escuela que llegó a místico

A Carlos de Sezze le llamaban en su familia el gallo de la casa por su carácter indómito. Dejó la escuela y se hizo franciscano. «Se hace más con la oración que con muchos libros», aseguraba

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
‘San Carlos Sezze’, de Antonio Sicurezza. Iglesia de la Inmaculada en Latina (Italia).

Los profesores pueden hacer mucho bien, pero hay algunos que también son capaces de hacer mucho daño. Al pequeño Carlos de Sezze un incidente nunca bien explicado con el maestro de su pueblo le hizo abandonar la escuela, pero Dios le dio después la sabiduría suficiente para pasar a la historia como uno de los grandes místicos de la Iglesia.

Nació en 1613 en una remota localidad del Lazio, donde sus padres eran campesinos. Debido a su carácter indomable –en su familia le llamaban el gallo de la casa–, sus progenitores le enviaron al campo a cuidar los bueyes y a cultivar el terreno familiar. Ese temperamento le llevó a pedir entrar en los franciscanos con el objetivo de irse de misiones al extranjero. Sin embargo, cuando en 1635 entró en el noviciado en Nazzano, sus planes se vinieron abajo debido a su mala salud. Al final no salió de las cercanías de Roma en toda su vida.

En todos los conventos en los que vivió ejerció los oficios más humildes: cocinero, mendicante, sacristán y portero. En 1646 fue sometido a una persecución infundada por otro fraile y sufrió el ataque furioso de la lujuria, una encerrona espiritual de la que solo pudo salir cuando un hermano le recomendó escribir sobre la Pasión de Cristo. Ese fue el inicio de una actividad que iría más allá de lo literario y que le haría adentrarse por los caminos de la mística.

«Fray Carlos estudió durante seis años, aproximadamente», señala su biógrafo Raimondo Sbardella. «Solo pudo aprender los primeros rudimentos de la lengua latina». Después, tanto por el rigor de aquel maestro como por las enfermedades que padeció, y también por su aversión a la disciplina, «se olvidó de casi todo lo que había aprendido en aquellos años de escuela; se quedó “solo un poco en mi memoria para leer y mal para escribir”, como él mismo decía».

Pero su insospechada actividad literaria produjo escritos cuyos títulos recuerdan a los de los grandes místicos. En una ocasión, su confesor le ordenó escribir su autobiografía, de modo que apuntara exclusivamente todo lo que había vivido, bajo la amenaza de que si no lo hacía, no le daría la absolución. El santo obedeció y dejó claro que no escribió nada que no hubiera surgido de su propia experiencia. «Se hace más con la oración asidua que con la lectura de muchos libros», señaló.

Así conocemos que, después de años de oraciones basadas en la imaginación y en el discurso meramente intelectual, se afanó en practicar la llamada oración de quietud. Eso dio lugar a un deseo de Dios que se materializó en 1652, cuando tras tomar la Comunión sintió una dulzura particularmente sensible. A raíz de ello pidió a sus superiores poder hacerlo todos los días, una práctica entonces nada habitual.

Una «herida de amor»

Poco antes, en Roma, durante la Misa en una pequeña iglesia del centro de la ciudad, Carlos recibió en el momento de la elevación de la Hostia lo que llamó «una herida de amor», una luz que le atravesó el pecho. Este don fue confirmado por una comisión médica que, tras su muerte, constató un estigma en ese lugar del cuerpo.

Para Sbardella, los detalles del recorrido espiritual del santo podrían sugerir «algo romántico y poético, mientras que la realidad es que Carlos disfrutó del estado místico más concreto y realista que se puede tener». Además, como todos los místicos, el santo italiano «fue agraciado por Dios con muchos dones, pero también fue sometido a furiosas tentaciones de todo tipo: lujuria, orgullo, venganza, rebelión; calumnias y difamaciones; reproches y castigos muchas veces inmerecidos, y, sobre todo, a pruebas divinas que consistieron en terribles abandonos y en una aridez de espíritu que lo torturaba».

En estas condiciones uno no puede sobrevivir por sus propios medios, salvo que sea «ayudado por la gracia para morir a uno mismo y permanecer en Dios», dice Sbardella. «Fue precisamente por haber puesto en práctica esta enseñanza por lo que estamos ante un maestro de espiritualidad».

Esta capacidad de guiar a los demás –a pesar de que él no tuviera ningún guía ni maestro– fue reconocida en vida por muchos laicos, sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales y hasta Papas, que acudían al santo para recibir sus palabras. Carlos de Sezze recibió de Dios el don de consejo y el de ciencia en alto grado, algo que fue reconocido en el mismo proceso que llevó a su beatificación. Incluso predijo que cuatro cardenales italianos llegarían a la sede de Pedro, algo que se cumplió fielmente años después de su muerte, cuando ya toda Roma lo tenía por santo.

Bio
  • 1613: Nace en Sezze
  • 1620: Hace un voto privado de castidad
  • 1635: Entra en los franciscanos
  • 1645: Atiende a los enfermos de peste en Roma
  • 1648: Recibe un estigma
  • 1670: Muere en Roma
  • 1959: Es canonizado por Juan XXIII