Papa Francisco: «Jesús era un maestro itinerante» - Alfa y Omega

Papa Francisco: «Jesús era un maestro itinerante»

El cristiano debe subir a la montaña, retirarse en oración, pero «no podemos permanecer siempre allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a bajar a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancia, pobreza material y espiritual». Éste es el comentario del Papa al evangelio del día, la Transfiguración. Francisco pidió que se lea diariamente algún capítulo del Evangelio, y animó además a seguir a Jesús, imitándole. Cristo —resaltó— «no tenía una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante»

Redacción

«La palabra de Cristo en nosotros crece cuando la proclamamos, cuando nosotros la damos a los demás. Y ésta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia. Para todos los bautizados, para todos nosotros. Escuchar a Jesús y ofrecerlo a los demás», dijo el Papa durante el rezo dominical del ángelus. La receta es simple: escuchar a Jesús, leer diariamente el Evangelio, y compartirlo y anunciarlo a los demás.

Al término de su intervención, Francisco dirigió unas palabras a los miembros de la Comunidad Papa Juan XXIII, fundada por el sacerdote Oreste Benzi, que han organizado para el próximo viernes por la noche un vía crucis especial por las calles del centro de Roma en favor de las mujeres víctimas de la trata. También pidió oraciones por los pasajeros y la tripulación del avión desaparecido en Malasia y por sus familiares. «Estamos cerca de ellos en este momento difícil».

Palabras del Papa antes del rezo del ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, el domingo pasado, y la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17, 1). La montaña, en la Biblia, representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba, en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado, hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo predilecto, diciendo: «Escúchenlo» (v. 5).

Esta palabra es importante, ¡eh! Nuestro Padre dijo a estos apóstoles, y nos dice también a nosotros: Escuchad a Jesús, porque es mi hijo predilecto. Tengamos esta semana esta palabra, en la cabeza y en el corazón: Escuchad a Jesús. Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos, a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante por el camino de la Cuaresma. Escuchad a Jesús. No lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas. Seguir a Jesús para escucharlo.

Pero también escuchamos a Jesús en su palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta, ¿Leéis todos los días un pasaje del Evangelio? Sí, no, sí, no, mitad y mitad. Algunos sí, algunos no. Pero es importante, ¡eh! ¿Leéis el Evangelio? Es algo bueno, es una cosa buena, tener un pequeño Evangelio, pequeño. Y llevarlo con nosotros en el bolsillo, en la cartera, y leer un pequeño pasaje en cualquier momento de la jornada. En cualquier momento de la jornada, yo tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un pequeño pasaje, y ahí es Jesús que nos habla, en el Evangelio. Pensad esto. No es difícil, ni siquiera necesario que sean los cuatro, uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros. Porque es la palabra de Jesús. Para poder escucharlo.

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio —de subir a la montaña— para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto lo hacemos en la oración. No podemos permanecer siempre allí.

El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancia, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos la gracia recibida. Y esto es curioso. Cuando nosotros sentimos la palabra de Jesús, escuchamos la palabra de Jesús, y la tenemos en el corazón, ¡eh!, esa palabra crece. ¿Y sabéis cómo crece? Dándola al otro. La palabra de Cristo en nosotros crece cuando la proclamamos, cuando nosotros la damos a los demás. Y ésta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia. Para todos los bautizados, para todos nosotros. Escuchar a Jesús y ofrecerlo a los demás. No os olvidéis esta semana. Escuchad a Jesús. Y pensad lo del Evangelio. ¿Lo haréis? ¿Haréis eso? ¿Eh? Después, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto de tener un pequeño Evangelio en el bolsillo o en la cartera para leer un pequeño pasaje en la jornada.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad este itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a escuchar a Jesús, y a «bajar» con la caridad fraterna, anunciando a Jesús.

RV

Tras rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó a todos los fieles de Roma y a los peregrinos presentes en la plaza de San Pedro, comenzando por los procedentes de Valencia, España, así como a los grupos venidos de Mannheim en Alemania y de Skara en Suecia.

El Obispo de Roma agradeció a los grupos de las bandas musicales y coros de las regiones italianas de Piamonte, Liguria, Emilia y Toscana, acompañados por algunas autoridades civiles.

También dirigió unas palabras a los miembros de la Comunidad Papa Juan XXIII, fundada por el sacerdote Oreste Benzi, recordando que han organizado para el próximo viernes por la noche un Vía Crucis especial por las calles del centro de Roma en favor de las mujeres víctimas de la trata.

Los invito a recordar en la oración a los pasajeros y a la tripulación del avión de Malasia y a sus familiares. Estamos cerca de ellos en este momento difícil.

De la misma manera el Pontífice saludó a los grupos parroquiales procedentes de otras localidades italianas; a las religiosas franciscanas mínimas del Sagrado Corazón, y a las numerosas escuelas no sólo italianas sino de otros países, a quienes, «por ser tantas, dijo el Papa, no puedo nombrarlas, a todas, pero recordemos juntos a la escuela católica Mar Qardakh de Erbil, en Kurdistán, ¡eh! Recordémosla juntos. Está lejos, pero con nuestro corazón la recordamos, y a la de la diócesis de Londres, en Ontario, Canadá».

Antes de desear feliz domingo y buen almuerzo a todos, el Papa Francisco saludó a los jóvenes de la Sociedad de San Vicente de Paúl, al Rotary Club de Massafra-Mottola, y a otros jóvenes y niños italianos.

María Fernanda Bernasconi / RV