25 de febrero: santo Toribio Romo, el mártir que se aparece a los migrantes - Alfa y Omega

25 de febrero: santo Toribio Romo, el mártir que se aparece a los migrantes

Numerosos testigos aseguran que este cura de Jalisco continúa hoy dando agua y ayudando a los migrantes que se pierden en el desierto en su camino hacia Estados Unidos

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El santo mártir mexicano Toribio Romo
El santo mártir mexicano Toribio Romo. Foto: Franchisco Persua Jal.

Hace algunos años, un migrante se encontraba perdido en el desierto en algún lugar entre México y Estados Unidos. De pronto apareció de la nada un joven alto, de piel y ojos claros, que le ofreció agua, algo de dinero e indicaciones precisas para poder seguir su viaje. Cuando el migrante le dio las gracias y le preguntó dónde podría encontrarle de nuevo, el joven respondió que en el santuario de Santa Ana de Guadalupe, en el estado de Jalisco. Años más tarde, aquel hombre volvió a su país con el objetivo de encontrarse de nuevo con aquel joven que le había ayudado en su búsqueda de un futuro mejor. Al llegar al pueblo y entrar en la iglesia, no pudo creer lo que vio: la imagen de su benefactor estaba por todas partes, pues se trataba de un mártir que había fallecido muchos años antes, santo Toribio Romo.

Esta no es una historia desconocida para los mexicanos. Son multitud los que afirman haber sido ayudados por santo Toribio en su trayecto hacia el país del norte. Algunos manifiestan que el santo les ayudó cuando morían de sed en el desierto; otros declaran que les protegió para no ser vistos por las patrullas fronterizas, y muchos le agradecen la rapidez a la hora de haber obtenido el permiso de residencia. Por este motivo, no pocos en su país le consideran el patrono de los migrantes.

Bio
  • 1900: Nace en Santa Ana de Guadalupe
  • 1922: Es ordenado sacerdote
  • 1927: Su obispo le envía a la ciudad de Tequila
  • 1928: Una tropa de soldados le acribilla hasta matarlo
  • 2000: Es canonizado por Juan Pablo II

Toribio nació en el 16 de abril de 1900 en Santa Ana de Guadalupe, estado de Jalisco, una zona muy marcada por la migración, pues muchos de sus habitantes ya habían probado suerte en Estados Unidos desde hacía décadas. Su familia era bien conocida en la parroquia y su madre y sus hermanas cosían para sus necesidades. Un día, mientras elaboraban un alba para un sacerdote recién ordenado, Toribio exclamó: «¿Algún día me pondré una de estas?», a lo que una hermana le espetó que «no se hizo la miel para el hocico de los burros». Sin embargo, otra de ellas le dijo en bajo al niño: «Sí, no se hizo, pero tú te pondrás una de estas». Y así fue: a los 13 años ingresó en el seminario, donde, con otros compañeros, fundó una asociación para jóvenes mientras al mismo tiempo daba clases nocturnas de alfabetización a obreros que trabajaban en las fábricas. Cuando se ordenó sacerdote, en 1922, una multitud de niños y adultos ya le conocía con afecto con el apelativo de padre Tori.

Destinado después a diferentes pueblos de Jalisco, el comienzo de su ministerio estuvo marcado por la persecución que sufrió el clero durante aquellos años. En junio de 1926, mientras Toribio ejercía su ministerio en Yahualica, en la capital del país, el presidente Plutarco Elías Calles decretó la Ley de Tolerancia de Cultos, una normativa que limitó considerablemente la actividad del clero en todo México. En julio, los obispos acordaron como protesta la suspensión del culto en todo el territorio, un pulso al Gobierno que al final acabaron perdiendo y que propició una abierta persecución a muerte contra los sacerdotes y sus colaboradores.

«¿Aceptarías mi sangre?»

En el estado de Jalisco, las tropas gubernamentales comenzaron a matar a los curas y a colgar de los postes de telégrafos a los catequistas, mientras el obispo dirigía como podía la diócesis desde su escondite en las montañas. Toribio Romo inició entonces una vida nómada, en la que seguía dando catequesis y administrando los sacramentos allá donde podía, desde fábricas abandonadas hasta ranchos apartados. Así, escribió en su diario que, en numerosas ocasiones, tuvo que escapar a la carrera de sus perseguidores, pasando varios días a la intemperie, ya quemara el sol o arreciara la lluvia, hasta que volvía a encontrar de nuevo un lugar seguro. En una de esas ocasiones llegó a pasar literalmente mojado diez días seguidos, «pero a pesar de todo, qué dulce es ser perseguido por la justicia», escribió.

En 1927, su obispo envió a Toribio a la localidad de Tequila, donde encontró una destilería abandonada para seguir con su labor a escondidas. A finales de diciembre, mientras daba la Primera Comunión a un grupo de 20 niños, le dijo al Señor: «¿Aceptarías mi sangre, que te ofrezco por la paz de la Iglesia?». No tardó mucho Dios en aceptar su propuesta, pues los soldados descubrieron su escondite el 25 de febrero y ya no pudo escapar más.

El día anterior había trabajado poniendo al corriente los libros de sacramentos y se acostó de madrugada. Al poco de empezar el sueño, los militares irrumpieron en su cuarto y se oyó una voz: «¡Ese es el cura, mátenlo!». «Sí soy, pero no me maten» fue todo lo que alcanzó a decir Toribio antes de recibir dos descargas allí mismo.

Santo Toribio Romo «es ejemplo de una devoción permanente, porque no fallaba en la oración y en la celebración de la Eucaristía. De hecho, le pidió a Dios que no lo dejara sin celebrar Misa un día en su vida, cosa que cumplió», afirma Gutiérrez Montaño, portavoz de la diócesis de Guadalajara, cuna del santo. Hoy, a nosotros «nos enseña el cumplimiento fiel de nuestros compromisos, a pesar de las dificultades, retos y adversidades». De este modo, «aunque fuera destinado a un pueblo donde era más fuerte la persecución religiosa, no abandonó a sus fieles en ningún momento y hasta el último suspiro llevó una administración disciplinada de la parroquia en la que estaba al frente», añade Gutiérrez Montaño.