24 horas con Emmanuel, un jornalero en el asentamiento de Atochares - Alfa y Omega

24 horas con Emmanuel, un jornalero en el asentamiento de Atochares

Mientras el Gobierno impulsa la regularización, nos asomamos al campo de Níjar (Almería), uno de los mayores enclaves de trabajo agrícola migrante de Europa. Miles de jornaleros —muchos sin papeles— sostienen el «mar de plástico»

Rocío Gayarre
Dos colchones, telas para dar apariencia de hogar y varias mantas forman el dormitorio de Emmanuel.
Dos colchones, telas para dar apariencia de hogar y varias mantas forman el dormitorio de Emmanuel. Foto: Ignacio Gil.

Emmanuel abre los ojos antes incluso de que amanezca. «Cuando me levanto por la mañana, lo primero que hago siempre es dar gracias a Dios». Su jornada empieza en una chabola del asentamiento de Atochares, donde vive desde hace varios años. El ventilador suena de fondo, el calor se cuela por las paredes de chapa y plástico, sobre las que cuelgan telas y algún cuadro que le dan a la chabola un aspecto de hogar. «Me lavo los dientes lo primero ahí», señala a un minúsculo cubículo que hace las veces de baño; «y salgo ahí fuera… para lo demás», explica entre sonrisas. «Me hago un café con leche, solo, sin pan, sin nada».

A sus 41 años, este ghanés lleva seis en España. En su país era vendedor ambulante. Aquí, es jornalero de invernadero. La decisión de migrar no fue casual: «Tengo un hijo. Ser padre fue lo que me hizo ver la necesidad y el deseo de poderle dar mejores oportunidades, luchar para que su futuro fuera mejor que el que había tenido yo. En mi país eso no era posible».

Su camino migratorio fue por Libia; de ahí en patera a Italia y, finalmente, llegó a España. «En Libia estuve ocho meses, trabajando en condiciones de casi esclavitud, mucho peor que esto». Recuerda las condiciones inhumanas del trabajo irregular en la construcción, los abusos y el miedo. Y cruzó el Mediterráneo: «En el barco íbamos 35 personas. Fueron tres días de viaje que se hicieron interminables. Ves el mar inmenso e, inevitablemente, piensas que quizás no vas a llegar». Cuando la mente tiene los peores pensamientos, sobrevivir es un sufrimiento extremo; o casi imposible.

El ghanés delante de los invernaderos donde pasa ocho horas al día.
El ghanés delante de los invernaderos donde pasa ocho horas al día. Foto: Ignacio Gil.

Para Emmanuel, el mayor obstáculo no es la dureza del trabajo, sino la falta de regularización. «Siempre, siempre, en cuanto me levanto por la mañana le ruego a Dios que me ayude para obtenerlos. Porque yo quiero traer a mi hijo aquí, darle una vida digna juntos. Pero sin papeles, nunca podré».  Su vida está marcada por esa espera. Por fin y tras muchos obstáculos, «está todo en manos de mi abogado. Tengo esperanza».

A las siete, la furgoneta lo recoge para ir al invernadero. Empiezan ocho horas de trabajo aseguradas. Aunque las condiciones sean exigentes, no tiene queja. «Trabajando bajo los plásticos, no me paro a pensar si es o no es duro. Tienes que trabajar, sí o sí, y no le doy más vueltas». Nunca se queja del esfuerzo: «Cuando empiezo a trabajar no pienso en nada; solo en trabajar, en hacerlo bien, bien, bien. Que el encargado, cuando me vea, diga: “Bien, Emmanuel, perfecto, sigue así”». Se le ilumina la cara con cierto orgullo: «Así es, mi problema no es el trabajo, son los papeles». Si no tienes papeles, no tienes nada.

Al atardecer concluye la jornada laboral y empieza la supervivencia en el asentamiento. Atochares —como los demás— está marcado por la falta de servicios. «La luz es un problema y el agua, también». Es fácil imaginar que la falta de saneamiento es un desastre. El frío, en cambio, lo lleva mejor: «No me importa, yo siempre tengo mantas grandes para dormir». Con eso se defiende.

Con su mascota delante de su chabola.
Con su mascota delante de su chabola. Foto: Ignacio Gil.

El acceso al agua es una batalla cotidiana: «Antes sufríamos mucho, no había caños en las chabolas, teníamos que acarrear agua desde lejos. Ahora la situación ha mejorado, nos han puesto cuatro puntos con agua en distintos lugares». Estos grifos improvisados de agua no potable sin duda alivian lo básico y son punto de reunión obligada.

Después de la jornada, Emmanuel solo busca reponer fuerzas. «Ahora lo primero es asearme y lavar la ropa de trabajo —a veces trabajamos con mucho calor—; después cocino, ceno y me tumbo ahí», explica, señalando a otra pequeña dependencia con un colchón: el dormitorio. «Normalmente procuro dormir ocho horas, las mismas horas que he trabajado». Para seguir trabajando a este ritmo, es imprescindible reponer fuerzas con la misma intensidad. La oscuridad y la precariedad invitan a situaciones de riesgo; el hacinamiento a veces provoca tensión entre los habitantes. El sonido de las ratas acechando también se hace presente. Muchas veces no duerme profundamente, su mente se mantiene alerta e inquieta.

Su rutina es tan repetitiva como frágil. Trabajar, dormir, sobrevivir. Y, en medio, una esperanza que no se apaga: la de regularizar su situación y reunirse con su hijo. «Cuando obtenga los papeles no voy a vivir aquí más. Si me quedara, sería terrible». No es lugar para construir un hogar, no hay espacio para la mínima dignidad. A pesar de todo, Emmanuel conserva la sonrisa y una fe inquebrantable. No se va a rendir. «Aquí sufrimos mucho pero no nos gusta contar nuestras miserias». Atochares es hoy su refugio, aunque sueña con otro lugar. Su resistencia diaria revela lo que las estadísticas no alcanzan: la humanidad que late bajo el mar de plástico.

Abdou e Ismail, con la reina
Mendy saluda a la monarca.

La reina Letizia tuvo ocasión de conocer la semana pasada algunas de las realidades que viven los trabajadores migrantes en el campo de Almería. Durante su visita el 10 de marzo a la Estación Experimental de Las Palmerillas, que cumplía 50 años, la monarca se reunió con participantes en programas impulsados por la Fundación Almería Tierra Abierta, una iniciativa que trabaja para mejorar su integración social y laboral. Entre ellos estaban el senegalés Abdou Mendy, de 31 años, e Ismail, de 26 y marroquí. Ambos llevan en España unos tres años y, después de vivir en los asentamientos, han logrado una vivienda digna gracias al Servicio Jesuita a Migrantes.