Mucho más que un fenómeno mediático - Alfa y Omega

Mucho más que un fenómeno mediático

Colaborador

Por un bello impulso del corazón, el miércoles 6 de abril, a las 7 de la mañana, cogíamos el avión a Roma. Lo hacíamos a sabiendas de que era muy probable que no pudiésemos venerar al Papa, por las pocas horas que íbamos a pasar allí. Teníamos prevista la vuelta a las 7 de la tarde, pues nuestros compromisos laborales no nos permitían más. Ello suponía irse de San Pedro a las cuatro y media. Pensamos que, aunque no llegáramos, nos compensaba hacer el viaje, con el esfuerzo económico que suponía, por amor y gratitud al Papa. Y porque éramos conscientes de que era un momento excepcional que no queríamos dejar pasar. Comenzamos la cola a las 10:30 de la mañana, sin tener mucha idea de lo que nos faltaba o de dónde estábamos. Sólo teníamos seis horas para ver al Papa…

Éramos un grupo de cinco, una de nosotros con la salud delicada y yo misma embarazada de más de seis meses. Cinco horas en la cola, y ni siquiera vislumbrábamos la Via della Conciliazione, empezamos a buscar soluciones para poder ver al Papa. Tres de los que venían con nosotros, entre ellos la persona más delicada de salud, pudieron cambiar los billetes para el día siguiente a las 10 de la mañana, a mi esposo y a mí, por motivos laborales, nos resultaba imposible esta opción, así que tuvimos que pensar otra alternativa. Decidimos salirnos de la cola y preguntar a los carabinieri más cercanos si cabía la posibilidad de que tuvieran una atención conmigo, ya que estoy embarazada. Nos dijeron que nos olvidáramos, que hasta la entrada prevista para los enfermos y minusválidos se había colapsado y cerrado… Desanimados, pero entregados a la voluntad de Dios, volvimos a ver a nuestros familiares en la cola, para despedirnos de ellos y, al menos, dar una vuelta para vivir el ambiente de Roma. Ya que no íbamos a ver al Papa, al menos ver a la gente y dejarnos impregnar por ese espíritu de sacrificio y de oración. Con todo, antes de separarnos, el alma mater del grupo nos dijo: «Yo continúo rezando». Y unas horas antes, en una llamada telefónica, un sacerdote nos había dicho: «No os queda más que abandonaros a la Divina Providencia».

El poder de la oración

Con esto en el corazón, comenzamos nuestro camino lateral hacia la Plaza de San Pedro. Llegamos a la famosa Vía della Conciliazione, desde donde ya se podía oír la música preparatoria de la Plaza. Y ahí comenzaron a abrirse las barreras, prodigiosamente. De repente, un guardia abre una de las barreras, mi marido me llama y nos metemos; y, como si nadie nos viera, comenzamos a caminar entre vigilantes y policías acreditados, que no nos preguntaban nada y nos dejaban avanzar. La oración de nuestra compañera que se había quedado en la cola, el espíritu de Juan Pablo II, los ángeles, el bebé de mi vientre, y la confianza y tenacidad de mi esposo, nos estaban abriendo el paso. Cuando un guardia nos preguntaba algo, le enseñábamos mi estado, y nos dejaba pasar. Así continuamos hasta el final, en que nos encontramos con un gran No, que luego se convirtió en un nuevo , y, por una escalinata lateral, finalmente nos vimos ahí, a una velocidad pasmosa, ante Juan Pablo II. A sus pies pusimos nuestras vidas, nuestros corazones, y pudimos experimentar cómo la misericordia y el amor de Dios se derramaban en nuestra alma a través del Papa.

Realmente, lo que ha pasado estos días en Roma no es un fenómeno mediático. Las fotos e imágenes son muy elocuentes, pero nunca podrán reflejar con fidelidad la trascendencia de lo acontecido en Roma y en el corazón de cada uno de los que hemos estado allí. Tampoco el Papa ha sido a lo largo de su pontificado una mera estrella de los medios de comunicación. Para comprender la vida de este Papa –al que el apelativo de Grande o Magno le queda pequeño–, quizás nos ayuden sus propias palabras: «En todo lo que hago hay algo que no es sólo iniciativa mía». Un hombre cuya vida ha sido docilidad al Espíritu Santo, arcilla blanda en las manos del Padre. Lo sucedido es algo muy hermoso, sin precedentes en la historia de la Iglesia y de la Humanidad. Algo muy grande, imposible de aprehender en su totalidad, por su magnitud. Es un aluvión de gracias del que los corazones bien dispuestos hemos podido beneficiarnos.

La cola para venerar al Papa en cuerpo presente, que comenzó siendo de unas tres, cuatro horas y llegó a las veinte –nuestros compañeros de cola, los verdaderos héroes, llegaron a ver al Papa a las 5 de la mañana, tras una bella vigilia de oración en la Plaza de San Pedro–, es la manifestación de un pueblo que quiere manifestar su agradecimiento y su amor con este gesto heroico ofrecido al cielo. El alma vuela y acompaña a Juan Pablo II en su regreso a la morada del Padre. ¡Qué viaje habrá sido éste! ¡Qué belleza! Muchos hemos ya imaginado generosamente el acompañamiento angélico, la acogida de la Madre, el abrazo del Padre, la alegría del encuentro con su familia, con los santos que ha canonizado, con las almas que se han salvado por su oración. El cielo celebra esta entrada, el gozo es inmenso.

Vivimos días de meditación, de recogimiento, de oración, de gracias. Y de una gran esperanza, porque estos millones de personas que hemos acudido a Roma a venerar los restos mortales de nuestro amado Papa lo hacemos llevados por un empuje y determinación que el Señor suscita en el corazón para que lo abramos de par en par –utilizando una expresión suya– a las gracias que ya Juan Pablo II derrama desde el cielo, quedando así expuestos al amor de Cristo, sin miedo, tal como él sugirió al principio de su pontificado. Él es ahora nuestro intercesor de excepción para que logremos hacerlo y nuestra vida sea transparencia de Cristo muerto y resucitado.

Gracias a este acontecimiento hemos podido comprender la fuerza de la oración, capaz de cambiar el curso de la Historia, hecho del que el propio Juan Pablo II es protagonista.

Georgina Trías