¿Condenado? - Alfa y Omega

¿Condenado?

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Juan Antonio Martínez Camino
Juicio final (detalle). Fresco de la iglesia de Santa María in Piano, Loreto Aprutino (Italia)

El tiempo de Pascua es una constante invitación a la alegría verdadera, la que se recibe de lo alto, a pesar de las dificultades que nos vienen desde abajo. La Iglesia nos contagia la alegría que ella vive por el Señor resucitado, triunfador del pecado y de la muerte. El mundo estalla de alegría ante la incomparable buena noticia de la victoria del Amor creador. La alegría pascual no es intimista ni privada. Es para todos. Es una alegría pública y para ser publicada: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». Quien se ha encontrado con el Resucitado no puede estarse quieto con su gozo. Se convierte, de uno u otro modo, en misionero.

Pero Jesús advierte a sus enviados de algo nada fácil de oír: «El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado». ¿Condenado? Es una palabra que no se oye demasiado en la predicación de nuestros días. Resulta difícil de pronunciar por diversos motivos. No parece de buen tono hablar de culpa y de castigo. Porque en nuestra época hay una tendencia a la exculpación universal. Nadie sería realmente culpable de nada. Siempre habría alguna justificación: el mal no radicaría nunca en la persona, sino en la educación, la sociedad, la necesidad, la perturbación mental o la presión ambiental. En cualquier cosa, menos en la libertad de la persona, cuyas elecciones tienden a ser tenidas siempre por buenas, excepto en algunos temas de moda que funcionan como chivos expiatorios.

Además, la bondad infinita de Dios, es entendida a veces como indiferencia absoluta frente al mal y al pecado. A Jesús se le pinta, con cierta frecuencia, como un dulzón predicador del amor, que jamás habría advertido de las consecuencias del mal moral ni las habría sufrido en su propia carne. A Dios Padre se le entiende como uno de esos padres que han renunciado a la autoridad en aras de una complicidad con cierta adolescencia permanente incapaz de reconocer la realidad de las cosas y de aceptarla. Sin embargo, Jesús también habla de la posibilidad de la perdición eterna. La recuerda precisamente en el momento solemne en el que envía a los suyos a predicar el Evangelio a todo el mundo, poco antes de ascender al cielo. Porque en ese momento se anuncia también que el Señor volverá para juzgar. Toda la actividad del hombre en el mundo queda situada así entre la misión inaugurada por el Resucitado y la vuelta de este para recoger los frutos.

Es verdad que la Iglesia no proclama la condenación de nadie. En cambio, sí define que podemos estar ciertos de la salvación y de la gloria de muchos: al menos, de todos los mártires y santos. Es cierto que Dios quiere que todos se salven. Pero también es verdad que la Iglesia, siguiendo la enseñanza del Señor, advierte de la posibilidad de la condenación eterna de quienes se resistan a creer y actúen contra la justicia. Tampoco éste es un mensaje pesimista. Al contrario, la justicia divina es la única esperanza de que los verdugos y los desalmados no triunfen definitivamente sobre sus víctimas inocentes y sobre los débiles de este mundo. Dios nos ha creado para la Gloria, verdaderamente libres.

Evangelio / Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once, y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos».

El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.